|
DE
LAS GUERRAS COLONIALES
A LAS PUGNAS IDEOLÓGICAS
El legado del siglo
XX
Lisandro
Otero |
México
El pasado siglo veinte fue
una era de feroces enfrentamientos. Desde las últimas
guerras coloniales en África y el Oriente hasta los
conflictos motivados por las ideologías y la Guerra Fría.
En la Primera Guerra Mundial, se enfrentó el naciente
poderío industrial alemán al dominio de los mares del
imperio británico y terminó con el inestable orden
mundial de la Liga de las Naciones. Alemania quedó
insatisfecha con las condiciones onerosas y humillantes
que le fueron
impuestas.
La triunfante Revolución de Octubre y la frustrada
rebelión alemana en Kiel, más la República de los
Consejos de Bela Kun, en Hungría, alentaron el temor de
las burguesías a réplicas incontroladas en el
continente europeo. Buscaron regímenes de mano fuerte
que impusieran un rígido control al posible
desbordamiento de las masas. La proclamación de la República
Española incrementó el miedo de los conservadores a la
supuesta "amenaza roja". El golpe de los
generales encabezado por Sanjurjo, y más tarde asumido
por Franco, fue el preámbulo del enfrentamiento mayor
que ocurriría después.
La Segunda Guerra estalló por la necesidad de
desarrollo y prevalecimiento de dos sistemas: el
nacional socialismo alemán y el expansionismo imperial
nipón. Uno en Europa, otro, en Asia. Ambos igualmente
expeditivos en sus métodos. Los apetitos territoriales
iban apoyados, esta vez, con fuertes sistemas ideológicos.
Las teorías de Mussolini eran más coherentes que las
de Hitler. El Duce esbozó su tesis del Estado
corporativo, de los sindicatos verticales que
agrupaban desde los gerentes hasta los porteros de un
sector productivo. Opuso esta teoría a la división
marxista de la sociedad de clases. Recordó a los
italianos que habían sido dos veces los amos del mundo,
en la Roma antigua y en el Renacimiento: exaltó las
glorias pasadas y generó una energía para extraer a su
país de su ineficiencia.
Hitler prometió un nuevo orden social que duraría
mil años, un Reich inextinguible que comprendería
todos los territorios afines. Su modo de socialismo,
inspirado en el fascismo italiano, pretendía que tanto
el gran capital como la clase obrera debían trabajar
unidos por el bienestar común.
Esa unidad entre un pueblo, un estado y un líder la
encabezaría él. Hitler cayó en la falacia de la
superioridad racial aria y fomentó la creencia en
una supuesta conspiración internacional entre judíos y
bolcheviques. Rudolf Hess concluyó el congreso de
Nuremberg proclamando: "El partido es Hitler y
Hitler es Alemania". Quizás recordaba a Luis XIV :
"Un rey, una fe, una ley".
El pacto germano soviético de 1939 provocó una crisis
en la izquierda de todo el mundo y grandes problemas de
conciencia para muchos militantes revolucionarios. El más
grande error de Hitler fue el lanzamiento de la Operación
Barbarrosa, la descomunal acometida contra la Unión Soviética
que a la larga demostró ser el mayor factor de erosión
de la Wermacht.
La actitud rebelde de De Gaulle salvó a Francia de
convertirse en un país de tercera clase en la
posguerra. La explosión de las bombas atómicas
sobre Japón pretendió apartar a la Unión Soviética
de cualquier ambición sobre China y convertir el océano
Pacífico en un lago americano. También se hacía saber
al oso ruso que las potencias de Occidente manejaban un
poder destructivo que podía frenar cualquier
desbordamiento comunista.
Una de las consecuencias más importantes de la guerra
fue el afianzamiento del modelo Occidental de economía
de mercado y democracia llamada representativa que hasta
entonces había sido de aplicación limitada.
El conteo de víctimas difiere en los diversos estimados
pero es horripilante. La Batalla de Inglaterra, como se
le llamó al período de bombardeos intensivos de los
nazis contra Londres y Coventry causó la muerte a 56
mil militares del cuerpo de aviación y 93 mil civiles
británicos.
Los bombardeos nocturnos que los Aliados emprendieron
contra Alemania, destacándose los brutales asaltos
contra Hamburgo y Dresde, dejaron medio millón de víctimas
civiles.
La masacre que los japoneses cometieron en Nankín, al
invadir China, en los prolegómenos de la guerra, dejó
100 mil víctimas. Los bombardeos atómicos de Hiroshima
y Nagasaki provocaron la desaparición de 200 mil
personas. El sitio de Leningrado causó la aniquilación
de 600 mil seres humanos. En Yugoslavia murieron 1.2
millones de civiles en represiones nazis y combates
guerrilleros.
La ocupación japonesa costó a China 4 millones 300 mil
muertes. Japón perdió más de dos millones de seres
humanos. Alemania, más de 4
millones. Polonia sufrió la desaparición de casi 6
millones de sus hijos. En la Unión Soviética el
estimado más prudente cifra en 20 millones los muertos
pero hay analistas que llegan hasta 26 millones. De
ellos 8 millones eran soldados y el resto, víctimas
civiles. Fue el pueblo que más sufrió. A esto hay que añadir
las pérdidas que el Holocausto causó en el pueblo judío:
seis millones de cremados en los hornos del exterminio,
muertos de tifus en los campos de concentración,
gaseados. Son las cifras de la insania, de la aberración
mortífera a donde condujo la ambición de poder
territorial, la lucha por los mercados. El estimado
total de muertes en toda aquella Guerra oscila entre 48
y 60 millones.
Churchill proclamó en su famoso discurso de Fulton,
Missouri, el descenso de una Cortina de Hierro que
separaría a Europa en dos mitades. Pero esto no impidió
la emancipación de los pueblos coloniales, el
desmembramiento del poderío victoriano. La formación
de dos bloques ideológica y económicamente opuestos,
al terminar la II Guerra estimuló una pugna de
hegemonismos que degeneró en la Guerra Fría, que a
veces no fue tan fría, como se demostró en Corea y
Vietnam.
Churchill dijo a Roosevelt que no pensaba presidir la
disolución del imperio británico, pero no le quedó más
remedio que asistir a tal suceso. Terminaban también
los imperios francés y holandés. Eran otros tiempos:
ya los cipayos no servirían el té en las verandas de
las mansiones de los plantadores.
La Conferencia de Bandung, en 1955, confirmó el derecho
a la independencia de los países subdesarrollados. La
división de Alemania y el proconsulado del general
McCarthur en Japón determinaron el nacimiento de un
tipo de economía que estaba liberada de la costosa
responsabilidad de mantener fuerzas armadas lo cual les
permitió un más rápido desarrollo. El Plan Marshall
proporcionó los créditos suficientes para rehabilitar
la industria europea con una fuerte inserción de
capitales estadunidenses.
Estados Unidos emergió de la guerra como la única gran
potencia de Occidente, condenadas Gran Bretaña y
Francia a desempeñar un papel
asistente. La carrera armamentista condujo, a la larga,
al desgaste económico de la Unión Soviética y a la
implosión que siguió después, con la estéril reforma
gorbachoviana y el errático autoritarismo yeltsiniano.
Vistos hoy, en perspectiva, los dos sistemas, germano y
nipón,
terminaron imponiéndose al mundo no por sus generales y
ejércitos sino por su producción industrial de calidad
y por su eficaz comercio exterior. Los nuevos mariscales
no se llaman Keisselring ni Rommel, se conocen como
Siemens, Opel, Braun, Grundig, Bosch, Telefunken, Agfa,
Daimler-Benz. Japón ya no necesita de Yamamoto ni de
Tojo, los estrategas que le han conquistado el mundo se
llaman Nikon, Toyota, Mitsubishi, Sony, Nissan, Toshiba,
Honda. Hoy se conducen autos Volkswagen en Túnez y se
toman fotos con película Fuji en Manila. La dominación
económica de las trasnacionales ha ido mucho más lejos
de lo que jamás llegaron a pretender los autores de la
blitzkrieg o de los suicidas ataques banzai. Rusia se
hunde hoy en una crisis de anarquía, guerra de
mafias, deterioro económico y capitalismo salvaje.
La Segunda Guerra Mundial ha terminado al revés,
cincuenta años más tarde, sobre una montaña de 60
millones de cadáveres, con la opulencia de los vencidos
y el desmembramiento y el caos de los vencedores, como
es el caso ruso. Ese orden mundial es el que está en vísperas
de alterarse con la guerra de Bush.
|