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LA PINTURA DE WIFREDO LAM
Transcripción
de la conferencia homónima ofrecida durante la semana
pasada por La Jiribilla en voz de Alejo Carpentier.
Alejo
Carpentier
Acaba de clausurarse, en nuestro Museo Nacional, una monumental exposición de obras del pintor cubano Wifredo Lam, quien ocupa un lugar cimero dentro de la plástica cubana y de la plástica americana, y diría también, de la plástica mundial. Tomen ustedes cualquiera de las grandes revistas de arte que se publican hoy en día en distintas capitales de Europa, y difícil será que no encuentren, en alguna parte, una reproducción de alguna obra de Wifredo Lam o una referencia a su trabajo pasado o a su trabajo presente. Wifredo Lam, ha llegado a un grado en que expone poco; es decir, los admiradores de su pintura son tan numerosos que están atentos a su producción a medida que se va haciendo, de tal manera, que rara vez, logra reunir el número de obras suficientes para organizar una exposición, puesto que, sus obras, a medida que van siendo producidas, son adquiridas por museos y colecciones públicas y privadas del mundo entero. Pueden admirarse obras de él, en casi todas las grandes galerías del mundo.
Por ello, la exposición que quiso ofrecer a sus compatriotas nuestro Wifredo Lam, que con ojo tan apasionado, con ojo tan atento, ha seguido el desarrollo de nuestro proceso histórico actual, reviste los caracteres de un acontecimiento excepcional. No solamente en nuestro Museo Nacional pudieron verse obras que él había traído de Europa, especialmente, para ser mostradas en Cuba, y que al efecto, había ido reuniendo para sí mismo en la soledad de su estudio, lejos de las miradas de aquellos que demasiado pronto hubiesen querido adquirirlas, no solamente -digo- nos traía un lote de obras nuevas, donde figuraba una colección de aguafuertes absolutamente magistrales, sino, además, en un tiempo extraordinariamente corto, quiso pintar, en la misma Cuba, un cuadro monumental, 47 un cuadro extraordinario por sus proporciones y contenidos, tan extraordinario, que yo no vacilaría en compararlo, en cuanto a importancia, con la famosa
Jungla, que se puede ver en el Museo de Arte Moderno de New York. Pero, era lógico que Wifredo Lam pintara ese gran cuadro en Cuba, desde el día mismo de su regreso, para mostrarlo a sus compatriotas en la exposición que acaba de clausurarse. Wifredo Lam -y sus amigos lo saben- siente siempre un choque emocional muy intenso cuando regresa a Cuba, al cabo de algún tiempo de ausencia, y ese choque se traduce, como ha de traducirse en todo gran artista, por un impulso creador que se manifiesta en el acto. Dice Wifredo Lam, y un examen de su vida, de su existencia, de su trayectoria, habrá de demostrarlo, que ha sido siempre en Cuba, su país, donde ha sentido aquello que se ha dado en llamar, a través de los siglos, la inspiración y que, aunque ha sido negada muchas veces, en fin de cuentas, existe; es decir, ese impulso creador que se manifiesta, de inmediato, en formas, si se es artista plástico; en notas, si se es un músico; en palabras, si se es escritor. Wifredo Lam llevaba viviendo algunos años entre Italia, París, y Suecia, cuando regresó a Cuba, a fines del año pasado, para organizar esta exposición y -lo repito- al llegar a Cuba, impresionado por el ambiente, impresionado por el reencuentro con el paisaje, con los elementos que siempre ha traducido en su pintura, nos dejó esta obra a modo de recuerdo de su paso reciente por la patria, esta obra que se cuenta entre las más grandes.
Decía Lafargue, el yerno cubano de Carlos Marx, que llevaba en las venas la sangre de varias razas de hombres que habían sido esclavos. Wifredo Lam -y es uno de sus timbres de gloria- lleva, al igual que Lafargue, en las venas, la sangre de hombres de razas que han sufrido en el pasado, la esclavitud y la explotación. El "Chino" Lam, como lo llamamos cariñosamente, es, efectivamente, hijo de un comerciante de Sagua, de raza china, y de una madre, en cuyas venas, corre sangre negra. Se sabe que en la ciudad de Sagua, donde transcurrió su infancia, se le despertó la vocación por la pintura tempranamente, contemplando algunas pinturas -no creo que serían muy buenas, probablemente- algunas pinturas que representaban santos y que podría contemplar en una iglesia local. Ahora, durante su reciente permanencia en Cuba, Wifredo Lam ha hecho lo que podríamos llamar, una peregrinación al lugar de origen, ha vuelto a Sagua, y ha vuelto a la pequeña iglesia, cuyos cuadros sacros contemplara en la infancia, y confiesa que, realmente, no se explica ya qué pudo mover su admiración hacia esas pinturas, pues, hoy, vistas con ojos de adulto, le parecieron bastante mediocres, y no lo emocionaron de ninguna manera. De todos modos, valga la anécdota para señalar los inicios de una vocación.
Wifredo Lam hizo sus primeros estudios en Cuba y pronto, apenas salido de la adolescencia, se trasladó a España, donde lo conocí. Cuando lo conocí en Madrid, allá por los años treinta, era Wifredo Lam, un retratista. Es decir, que ponía su técnica al servicio del retrato, del retrato de parecido, en la forma más absoluta del término, y se había ganado, incluso en España, una gran celebridad en estos menesteres pictóricos que no estaban en relación con lo que podríamos llamar, la fotografía en colores. Pero, no contemplamos esa etapa de su vida con ironía; nos demuestra, por el contrario, hasta qué punto, Wifredo Lam, tuvo un aprendizaje de una solidez a toda prueba, ya que tuvo durante años, muchísimos años, que hacer la pintura más sometida al asunto, más sometida al modelo, que puede existir en el mundo, puesto que los retratos que ejecutaba, por lo general, no dejaban ningún margen de libertad a su imaginación, y tenían que ceñirse a eso que se le ha llamado siempre, el parecido; es decir, a complacer al modelo en cuanto a una reproducción lo más fiel posible de sus rasgos. A veces, Wifredo Lam, en aquella etapa, se iba por los campos de una pintura algo influida por los pintores de la época, los pintores españoles cuyas obras podía contemplar en el Madrid de aquellos días: pintura de Zulóaga, pintura de Andrade*, pintura de distintos artistas que, en aquel momento, no dejaron de ejercer alguna influencia sobre él. De esa época, quedan de él, unas cabezas de gitanos; en fin, pinturas que, de ninguna manera, podían anunciar el maravilloso desarrollo que iba a cobrar poco a poco, su personalidad, y su personalidad la hallaba en un regreso al Trópico.
Llega la Guerra Civil. Wifredo Lam, fiel a sus convicciones tempranas, convicciones a las que siempre ha permanecido fiel -como decía hace un momento- convicciones que siempre lo acompañaron en la vida, inmediatamente, se alistó en el ejército republicano, y luchó como miliciano. Muy orgulloso*, nos narra episodios de aquellos años de guerra, en los cuales luchó por las ideas que habían sido suyas desde la adolescencia. Termina la Guerra Civil y pasa a Francia.
Él, hasta aquel momento, no había estado en París, o si había estado, había estado incidentalmente. Pero, esta vez, se encuentra instalado en París, y comienza a hacer una pintura absolutamente distinta. Hecha su mano a la severa técnica del retrato, hecha su mano a la severa técnica de la copia textual del modelo, es decir, con una mano profundamente adiestrada en esa pintura, que podríamos llamar realista, empieza Lam a dejar correr su imaginación, y va a entrar en una etapa que sus amigos conocen por la etapa de las cabezas de caballo. Es decir, pinta unas figuras hieráticas, un tanto misteriosas, con cuerpos humanos y unas cabezas muy deformadas, que recuerdan, efectivamente, que tienen en sí, realmente, algo de caballuno -se recuerdan efectivamente, como cabezas de caballo- y que, en cierto modo, evocan también, las pinturas de Picasso de la época de
Las doncellas de Aviñón, y de la época que se llamó, en la producción de Picasso, la época negra.
Haciendo esta pintura, está Wifredo Lam, buscándose todavía, en una senda nueva, buscándose todavía, en una expresión enteramente, inédita, dentro de su obra, cuando le toca entrar en contacto con este genio que es Pablo Picasso. Pablo Picasso, habría de ver con extraordinaria simpatía, la pintura de Wifredo Lam, por dos motivos: en primer lugar, por sus simpatías republicanas, sus simpatías hacia un hombre, hacia un cubano que había combatido en las filas republicanas y, puedo decir, habiendo tratado a Picasso durante los años de la Guerra Civil, que estaba apasionadamente atento a los acontecimientos, que del lado republicano, ocurrían en España. Había de serle simpático este cubano -repito- por estas circunstancias, además de contemplar -y esa es la otra razón- una pintura, en cierto modo, hermanada de la suya, pero, lejos de copiarlo textualmente, trataba de emanciparse de las normas que podía haber encontrado en una de las épocas de su expresión plástica. Picasso elogió calurosamente a Wifredo Lam; lo instó a seguir luchando y, en aquellos días, dijo a sus amigos, a muchos amigos que han repetido sus frases, que había dado con un pintor que le interesaba en alto grado; elogio éste, sumamente significativo, en boca de Picasso, que si es exigente con la obra propia, es también, extraordinariamente exigente con la obra ajena.
Eran aquellos, unos días en que Europa asistía a aquello que el novelista Gil Ramón*, calificó un día de la "ascensión de los peligros". La amenaza nazi se cernía sobre Europa. A pesar de la angustia reinante, de la premonición de acontecimientos siniestros, Lam, en aquellos días, tuvo la oportunidad de relacionarse con los poetas, con los pintores del movimiento surrealista.
El surrealismo francés estaba, en aquel momento, en, podríamos decir, una segunda etapa de su evolución. Se había producido algún tiempo antes, una escisión entre sus miembros, pero había reagrupación de fuerzas en ambos sectores, y el sector que, en aquel momento, seguía dirigiendo André Breton, el autor de los manifiestos, el jefe del movimiento, se mostraba particularmente potente, en cierto modo, endurecido por las peripecias de la escisión.
Wifredo Lam recibió el elogio de los surrealistas, y André Breton le encargó la ilustración de su libro de poemas ......*. Poco después, tuvo lugar la invasión de Francia, y sabemos que todo el grupo surrealista se trasladó al Mediodía, primero a la ciudad de Marsella, y en distintas localidades del sur de Francia, en espera de los acontecimientos. Estos acontecimientos se precipitaron y, tomando cada cual su camino, fueron unos a dar a los Estados Unidos, otros a las Antillas y Wifredo Lam logró tomar el camino de Cuba y regresar a su patria, tras una larguísima ausencia.
Todavía recuerdo los primeros tiempos de la estancia de Wifredo Lam en La Habana, cuando vivía en un pequeño apartamento que estaba situado en el barrio de Luyanó, y desde el cual, no podía contemplar sino un paisaje urbano, [al menos] un paisaje de alrededores de ciudad, desprovisto de todo carácter específicamente cubano por la arquitectura y por las mismas circunstancias de ...* Vivía Lam, en aquellos días, muy encerrado en las cuatro paredes de su estudio, haciendo evolucionar aquella etapa, que ya se había iniciado en París y que había merecido los elogios de Picasso. Poco después, se mudó a los alrededores de La Habana, al barrio de Pogolotti, en un lugar completamente distinto al que había habitado antes, puesto que allí, al contrario, todo le hablaba de la naturaleza de Cuba, por cuanto vivía en una casa rodeada de un jardín donde crecían plantas tropicales, donde había, podríamos decir, ejemplares de las principales especies de nuestra flora, típicamente cubana. Yo recuerdo que Wifredo Lam en contacto con la naturaleza de Cuba, al volver a contemplar los árboles que había visto en su infancia, al ver las plantas que crecían en su alrededor, sintió una especie de choque. Hubo, de repente, un cambio diametral en su pintura y en la manera de ver la superficie ...*. Y un día, hallándose en La Habana, el gran marchand Pierre Loeb, que había venido a buscar a La Habana un refugio, después de haberse consumado la invasión de su país, fue a verme y me dijo: "Vaya usted a casa de Wifredo Lam y verá usted que está pintando un cuadro absolutamente extraordinario". Llegué, efectivamente, y me encontré frente a un cuadro titulado
La silla, que representaba eso, representaba una silla colocada en un jardín, y sobre esa silla, había un búcaro con flores. Pero, la interpretación de todo aquello que al parecer podía ser una naturaleza muerta, más o menos trivial, era de una novedad tan grande, de una fuerza plástica tan extraordinaria, que en el acto, al igual que Pierre Loeb, me di cuenta que estaba naciendo algo nuevo en la pintura de Lam. Lam, estaba realizando, poco a poco, una especie de simbiosis; estaba hallando, en los elementos de la flora tropical, de la flora de Cuba, una serie de factores plásticos, que iban a transformarse en las figuras imaginarias de sus lienzos. Poco después, empezaba a pintar el cuadro monumental de
La jungla, cuyo tema principal, podríamos decir, es un cañaveral, pero las cañas de ese cañaveral, en realidad, son espinazos de personajes, personajes que las hojas dibujan, hacen adivinar. Es decir, que ese cañaveral mágico es, en realidad, una multitud de personajes, personajes vegetales, ...*, personajes mágicos, personajes que recuerdan ciertos ...* de la santería cubana, personajes que, a la vez, reúnen, en una síntesis monumental, todas las temáticas que Wifredo Lam, había hecho desarrollar, poco a poco, en su pintura, y que, ahora, estaba hallando en una síntesis magistral que, desde entonces, se ha traducido en una obra plástica, mil veces reproducida.
Siguió Wifredo Lam en esa línea, descubriendo en torno suyo, una serie de elementos nuevos que pasarían a su pintura; por ejemplo, las artes populares de Cuba, figurillas que pueden verse en los altares de la santería afrocubana, los caracoles, las plantas, todos los elementos que integran un cierto clima plástico tropical, y que él, estaba descubriendo con ojos maravillados y traduciéndolos a su pintura.
Wifredo Lam, durante esos años, que fueron de extraordinaria producción, de fecundísima producción, produjo una serie de cuadros que, tanto por sus proporciones, como por la vastedad de su visión plástica, constituyen el eje de su producción, constituyen la base de su creación, constituyen, verdaderamente, lo que podremos llamar la etapa del Wifredo Lam clásico.
Después de varios años de permanencia en Cuba, regresa a Europa, donde el éxito le sonríe, donde encuentra en todas partes, la admiración y el aplauso de los más distintos públicos. Es la época en que las grandes galerías de París, empiezan a exponer sus cuadros; es la época en que organiza sus primeras exposiciones en Italia; es la época en que organiza sus primeras exposiciones en Suecia y en que sus cuadros cruzan varias veces el Atlántico, para ser mostrados al público de los Estados Unidos y de América del Sur.
Durante su estancia en París, consciente de que hallaba su mejor inspiración en La Habana, de que es en La Habana, donde se hallaba a sí mismo, de que es en Cuba y en contacto con las cosas de Cuba donde realmente su sensibilidad recibía el toque que propiciaba en él una creación plástica continua, Wifredo Lam no abandonó nunca la casa cubana que había asistido al nacimiento de sus primeras grandes obras. Y hemos de decir, que Wifredo Lam era tan fiel a sus ideas, era tan fiel a sus ideales de tipo político, que el hombre que había sido combatiente en el Madrid republicano, el hombre que siempre había manifestado sus ideas en el plano del progreso político, era tan mal visto por la policía de Batista, que durante su permanencia en Europa, su casa fue, varias veces, revisada por los esbirros del batistato, y cuando regresó a Cuba, al cabo de una larga permanencia, se encontró con todos los objetos y cuadros que había ordenado, en desorden, a consecuencia de las requisas que había recibido su residencia.
En 1957, residiendo en París, viaja Wifredo Lam a Venezuela. Lleva una colección de dibujos que puede calificarse de exposición de una zoología imaginaria. Ha ido, esta vez, trabajando sobre temas zoológicos, temas zoológicos imaginarios, aves del trópico, animales del trópico, criaturas del trópico que conservan dentro de su vida intensa, sin embargo, ciertas características de algo vegetal, siempre. Esas obras fueron primeramente expuestas en la ciudad de Maracaibo con un éxito tan extraordinario, que se vendieron casi todas. Y después, pasó Wifredo a la capital, a Caracas, donde organizó una exposición monumental con cuadros de unas proporciones enormes, en los cuales mostró al público de Venezuela, la magia de su creación, la magia de sus temas, inspirados en la imaginería, en la vegetación, en la zoología de su isla.
Su vinculación con Cuba fue constante. Desde el triunfo de la Revolución, no cesó Wifredo Lam, cada día, de estar al tanto de lo que ocurría en su patria, de estar al tanto de lo que acontecía, de seguir los acontecimientos con pasión. Su viaje reciente, ha sido fruto de esa preocupación. Este hombre, que desde hacía años, no organizaba exposiciones -lo repito- porque su obra era adquirida inmediatamente, apenas había sido producida, quiso regresar a Cuba con una exposición monumental y mostrar a sus compatriotas el fruto de su trabajo.
Regresó, como dije, a Cuba, donde se le acogió con los brazos abiertos como siempre. Se organizó en nuestro Museo Nacional, la exposición monumental de sus obras y en varios días, otra vez, tocado por la gracia del trópico, otra vez inspirado por su ambiente, por el ambiente ante el cual se abrieron sus ojos y se formó su personalidad, pintó una tela monumental, que queda hoy en nuestro patrimonio artístico, y es hoy, una de las obras capitales de este gran pintor que se sitúa entre las fuerzas plásticas más importantes de Cuba, del Continente y del mundo entero.
6 de mayo de 1966
De Alejo Carpentier. LA CULTURA EN CUBA Y EN EL MUNDO. Conferencias en Radio Habana Cuba (1964-1966). Introducción, versión, notas e índices por Alejandro Cánovas Pérez y José Antonio Baujín. Letras Cubanas, La Habana, Cuba, 2001.
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