WORLD
TRADE CENTER (1973-2001):
FRAGILIDAD DE UN ÍCONO URBANO
Roberto
Segre | Brasil
Incrédulos,
estupefactos, aterrados, anclados frente a la pantalla
de TV, asistimos el 11 de septiembre a las espeluznantes
imágenes del ataque suicida a las torres del WTC y su
repentina desaparición del paisaje neoyorquino del Down
Manhattan. Ocurría una nueva mañana de terror y
destrucción que recordó la dolorosa visión de hace
casi treinta años -quizás no tan espectacular pero
igualmente trágica-, del bombardeo al palacio de La
Moneda en Santiago y el asesinato de Salvador Allende,
presidente de Chile. El primero, un magnicidio arquitectónico;
el segundo un magnicidio de Estado. La prensa
internacional afirmó que aquel hecho abría realmente
el siglo XXI. Con anterioridad el parteaguas se
identificó con la caída del muro de Berlín en 1989.
En realidad, podemos interpretar ambos episodios como un
cierre y un inicio: con la demolición del muro surgía
la esperanza del fin del mundo bipolar, ahora unificado
en la concreción final de la modernidad iluminista
-desaparecido el antagonismo capitalismo y socialismo-,
forjando las bases de una democracia universal (la
Europa unida sería el primer resultado concreto de esta
ilusión). Por el contrario, el ataque terrorista a las
torres del WTC materializa la fragmentación postmoderna
caótica y arbitraria, la ambigüedad entre lo real y lo
virtual -se pretende declarar una guerra sin conocer la
ubicación del hipotético enemigo- ; la pulverización
de los ideales identificados con el progreso social y
material; la exacerbación de las contradicciones
existentes entre alta tecnología y prehistoria cultural
-el fanatismo religioso-, entre el concentrado espacio
de la opulencia y los vastos territorios de la miseria.
Desde la invención del cinematógrafo, las escenas
apocalípticas de catástrofes y destrucciones en las
grandes ciudades, pasadas y futuras, fueron un tema
reiterativo: recordemos aquellas anticipadoras de Metrópolis
y King Kong. En la segunda mitad del siglo XX arreciaron
los temas de las hecatombes asociadas con las megalópolis.
A lo largo de los últimos treinta años se
multiplicaron las repentinas desapariciones de
carreteras, autopistas, viaductos, puentes, monumentos y
rascacielos, preanunciando la incontrolable furia de la
naturaleza exteriorizada en maremotos y terremotos, así
como también las imprevisibles consecuencias de la
maldad humana y la exótica crueldad de seres
extraterrestres deseosos de sojuzgarnos y exterminarnos:
The Towering Inferno, The Day After, Independence Day,
True Lies, Armageddon, The Siege, quizás ésta última,
la más próxima a lo que acaba de ocurrir en Nueva
York. En estos días, el estreno de Pearl Harbour, a
pesar de las escenas truculentas del bombardeo nipón,
la artificialidad de las reconstrucciones virtuales
ajenas a la objetividad del hecho histórico suscitó
reacciones negativas. Pero, como afirmó Gabriel García
Márquez, la realidad supera siempre a la ficción:
fueron más contundentes las imágenes del Holocausto,
de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, la
destrucción de Dresde, Hanoi, Bagdad o Sarajevo. A
pesar de habernos insensibilizado el abuso cotidiano de
la violencia, quedamos sin aliento ante la crudeza de un
hecho concreto en el que, en pocos minutos ante nuestros
ojos y nuestra amarga impotencia desde la
inconmensurable distancia de la pantalla de TV,
asistimos a la muerte inexorable de miles de personas
inocentes.
La agresión a las torres tuvo como precedente los
kamikazes japoneses en la Segunda Guerra Mundial -hasta
ahora todos los actos suicidas de los palestinos se
realizaron a nivel individual o en carros bombas-; pero
mientras aquellos fueron actos bélicos desesperados
contra la superioridad naval de los Estados Unidos, este
resultó un ataque individual (o colectivo, ya que
participaron casi veinte personas en la acción) contra
un símbolo del capitalismo globalizado hegemónico de
dicho país y al mismo tiempo, un intento de borrar del
mapa el principal icono que resumía la memoria histórica
de la comunidad urbana de Nueva York. Como afirmó el
escritor francés Albert Camus, el acto suicida es
"la suprema violencia contra la condición humana,
una abdicación total y cobarde, una acusación demoníaca
contra el mundo por parte de quienes desistieron en
mejorarlo". Es probable que los secuaces de Osama
bin Laden logren la eterna felicidad del Paraíso con el
absurdo acto del suicidio, pero sobre nuestra sufrida
Tierra solo preanuncian un futuro de tinieblas y
oscurantismo. Pese a las afirmaciones de Tariq Ali, el
ideal de la muerte no puede predominar sobre el ideal de
la vida.
Nosotros arquitectos, desde los tiempos antiguos,
dedicamos nuestra vida a la construcción del mundo
material con el objetivo de lograr la felicidad de
nuestros semejantes. Erigimos los monumentos que
representaron los valores culturales de las
civilizaciones surgidas a lo largo de la historia.
Forjamos la imagen icónica de la memoria social. La
evolución de la Humanidad puede resumirse en los hechos
arquitectónicos que la representan, desde Stonehenge
hasta el WTC. Sin embargo, no todos los miembros de la
especie humana, participaron de nuestros deseos y
aspiraciones. Rivalidades, antagonismos y enemistades atávicas
encontraron en la destrucción de los monumentos la
forma de expresar, no sólo la eliminación física del
"otro", sino también de negar el recuerdo, la
memoria, la herencia cultural e ideológica de un pueblo
para sus generaciones venideras. Desde Nabucodonosor,
que destruyó el templo de Salomón en Jerusalén, hasta
las Twin Towers o los Budas en Afganistán se sucedieron
estas agresivas demoliciones: los romanos no dejaron
piedra sobre piedra en Cartago; los españoles arrasaron
con templos y pirámides de la América precolombina;
los nazis borraron del mapa la ciudad de Varsovia. Paradójicamente,
menos radicales resultaron los movimientos
revolucionarios: Robesperre dejó intacto Versalles;
Lenin conservó el Kremlin y los palacios zaristas; Mao
no eliminó la Ciudad Prohibida; los campesinos
mejicanos transformaron el Capitolio de Porfirio Díaz
en monumento celebrativo de la Revolución.
Triste destino el de Minoru Yamasaki (1912-1986). Sin
desearlo, la destrucción de dos conjuntos arquitectónicos
que proyectara con gran esfuerzo y pasión lo
convirtieron en el protagonista de bruscos y radicales
cambios históricos y culturales: según Charles Jencks,
el Movimiento Moderno fue enterrado definitivamente el
15 de julio de 1972 a las 15,32 horas y sustituido por
el Postmodernismo, al demolerse el conjunto habitacional
de Pruitt-Igoe en St. Louis (construido en 1952-55, y
premiado por la American Institute of Architects), a
causa de su irrecuperable deterioro, vandalizado por una
población negra de escasos recursos. La prensa
internacional ha sido unánime en reconocer que el mundo
será otro a partir de las 10.28 horas de la mañana del
11 de septiembre, al desintegrarse las Twin Towers y
desaparecer del skyline del río Hudson. Ellas asumieron
el valor de icono neoyorquino por su tamaño
desproporcionado, por la multitud cotidiana de
trabajadores y visitantes contenidos en ellas, y lograr
(por poco tiempo ya que fueron superadas por el Sears de
Chicago y la Oriental Pearl Tower de Shangai) el récord
de edificio más alto del mundo. Pero no se destacaron
por sus cualidades estéticas, sin duda alguna
inferiores al Empire State, al Chrysler Building o al
Rockefeller Center. Su agresiva presencia en el contexto
urbano del Downtown; el esquematismo formal; los acentos
decorativos medievalistas y la inexistencia de atributos
que delimitaran sus proporciones (nada cambiaría si
hubiesen sido más altas o más bajas), las
identificaban con la imagen del "rascacielos
desnudo" elaborada por Rem Koolhaas, heredero de
las torres cartesianas de Le Corbusier y del minimalismo
del Seagram de Mies van der Rohe, opuestas a la riqueza
formal de los edificios altos del entreguerras.
El polémico arquitecto holandés definía esta
arquitectura como la representación del "espacio
basura", sólo caracterizado por elevadores,
escaleras mecánicas e instalaciones de aire
acondicionado. Sus palabras resultaron trágicamente
premonitorias al decir: "...este (el espacio
basura) que constituye el vientre del Gran Hermano, será
nuestra tumba". Es de esperar que no sea el destino
manifiesto de las decenas de indefensos y frágiles
rascacielos - en el siglo XIX, el Partenón sobrevivió
al bombardeo turco que hizo explotar el polvorín
contenido en su interior - construidos en todos los
rincones del mundo y que este hecho, no sólo abra
perspectivas políticas y sociales que impidan el
Apocalipsis, sino también arquitectónicas, para que la
vida sobre la Tierra sea más llevadera, menos sometida
a los imperativos economicistas del gran capital
globalizado, recuperándose el equilibrio ecológico
perdido entre entorno artificial y entorno natural.
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