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EL LIDERAZGO ÉTICO DE CINTIO

Cintio y Fina portaban con sencillez, sin apenas saberlo, el alma desnuda de la Revolución: la ética martiana.

Enrique Ubieta Gómez | Washington

Allá por los años ochenta del siglo pasado, los ensayos de Cintio me deslumbraron. Confieso que he sido más lector de sus ensayos poéticos que de sus poemas: ensayos escritos desde la poesía, desde la creación y a veces también en una enigmática prosa poética. La poesía para Cintio es una forma de asumir la vida, de entenderla, porque la poesía revela o descubre el sentido ético que la signa. El éxtasis de la poesía, me dijo en cierta ocasión, es el breve instante en que la imagen y la realidad se funden, y se fundan mutuamente. Podría sustituir imagen por ideal, acercando un poco la brasa a mi sardina. Lo cierto es que, cansado del lenguaje seudomarxista de los manuales, que siempre se nos cuela por las rendijas de la malla, sentí que muchas propuestas de Cintio -para quien poetizar de alguna manera es filosofar-, al margen de (o quizás por) su cristianismo fecundante, y por su auténtica inserción en la tradición nacional de pensamiento, podían ser asumidas, con igual sentido creador, por el marxismo.
Recuerdo que Jorge Luis Arcos prometió presentármelo. Y que estuvimos sentados cierta vez en el parque de la calle Paseo por más de una hora, esperando su regreso, para una visita no anunciada. Ser lezamiano o declararse origenista estaba de moda, aunque todavía quedaban algunos prejuicios por vencer. Pero ello lejos de disminuir, aumentaba el interés. Nuevas generaciones de intelectuales íntegramente formadas por la Revolución asumían la cultura desde la erudición y perseguían una originalidad que los alejara de la aparente llaneza de la poesía conversacional, de los lugares comunes que toda retórica instala, hasta que la nueva impone sin querer los suyos.
Orígenes parecía ser un templo incontaminado y sin duda era hogar de grandes creadores, apenas entrevistos en su rico mundo cosmovisivo. Pero en los noventa, cuando la vida impuso sus definiciones, hallamos sorprendidos el hueso bienvenido (o indeseado) de ese manjar cultural, el esqueleto que proporcionaba la forma de una inusitada trascendencia: su insobornable perfil ético. Y Cintio, historiador e ideólogo de Orígenes, que pese a todas las incomprensiones posibles había permanecido incólume en su fe cristiana y revolucionaria, ofreciéndonos el testimonio poético de estos años de aprendizaje y creación colectivos, volvía tranquilo, a pie, de la mano de Fina, a visitarnos como viejo maestro. 
Entonces aquella moda, que tan mal se avenía al espíritu trascendente de Orígenes, se deshizo como por encanto. Y solo persistieron en las pesquisas origenistas los verdaderos estudiosos de su legado. Sin embargo, la influencia benefactora de Cintio se multiplicó. Ya no era "simplemente" el poeta y ensayista de una revista devenida en leyenda, ahora aparecía ante todos como una de las voces intelectuales vivas más autorizadas de la Revolución Cubana. Cintio y Fina portaban con sencillez, sin apenas saberlo, el alma desnuda de la Revolución: la ética martiana, la que él mismo había perseguido por el breve e intenso camino de nuestra historia, la que a su manera había sostenido su misteriosa revista. Algunos de aquellos que se habían proclamado fervientes origenistas en los ochenta se enfurecieron, y naturalmente, se convirtieron en antiorigenistas. Recuerdo que andaba yo en 1994 con un colega de trabajo por el parque H en el Vedado, camino a Casa de las Américas, donde se celebraría un gran Coloquio de homenaje por el Cincuentenario de Orígenes. Uno de esos conversos enfurecidos me anunció allí que sobre Cintio caería la furia divina (es decir, la de ellos). 
Algunos, desde posiciones opuestas, tampoco comprendían la autenticidad de su inesperado y nunca buscado liderazgo.
La historia establece sus demandas y elige al hombre o a la mujer necesarios (o a ambos, como es el caso) para papeles que acaso jamás imaginaron desempeñar. ¿Pudo prever el joven y estudioso Varona que en los años veinte y treinta del siguiente siglo, en una República que no aparecía aún en su ideario político, él, precisamente él, sería enarbolado como paradigma ético por la juventud revolucionaria cubana? ¿Lo hubiera imaginado Cintio, salvando las distancias? Pero el suyo, hay que decirlo hoy, es un liderazgo compartido: la rara unión de dos intelectuales mayores en la ardua tarea de vivir y crear sin celos inicuos. ¿Quién podría saber qué idea de Cintio surgió como un chispazo en los ojos de Fina o qué asociaciones interminables nacieron en el corazón de Fina al escuchar una palabra de Cintio? Ellos serán siempre dos enamorados que traen sus propias obras, frondosas como árboles que solo bajo tierra se abrazan.
Cuando se me confió la dirección del Centro de Estudios Martianos en 1994, y aún no sabía que él y ella nos presidirían para siempre, fui a verlo a su casa, temeroso, a pedir su consejo. Entonces me brindó todo su apoyo. Si algo lamento hoy de esos años hermosos que compartimos en la trinchera martiana, que es la trinchera de la Revolución, es no haber aprovechado más su cercanía, su amistad sincera, su entusiasmo juvenil, y su bondad natural. Queda en mí lo mucho aprendido a su lado, y su ejemplo, que siempre acaba deponiendo cualquier atisbo de soberbia en los demás. Vuelvo siempre a su lado, aunque él no lo sepa, cuando necesito ubicar las coordenadas de mi vida, entonces lo leo y lo vivo como maestro, como líder intelectual que es hoy, por suerte, para los cubanos.

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