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LA VOZ IMPRESCINDIBLE DEL SON: MIGUELITO CUNÍ

"Aunque sonero natural, lo mismo cantaba un bolero de esos que estremecen a una, que un son o un guaguancó. Muy completo como intérprete, y muy afinado, con una cuadratura y un sentido del ritmo bárbaros. Y si a eso se le une la simpatía de su personalidad, es fácil comprender por qué gustaba tanto..."

Leonardo Depestre | La Habana  

En 1938 llegó a La Habana -¡a la urbe!, como solía decirse allá, tierra adentro- un moreno de estatura mediana y sonrisa simpática, con don de gentes y un espíritu capaz de comerse al mundo. Tenía poco más de veinte años y solía firmar Miguel Arcángel Cuní. Por demás, cantaba muy bien. Algo de lo que había dado prueba en su Pinar del Río natal.
El periodista que redacta estos apuntes tuvo el privilegio de hablar hace ya algunos años con Ernesto Muñoz, por entonces muy viejecito. Del maestro Muñoz pocos se acuerdan hoy día, pero en el decenio del 30 sonaba bastante porque dirigía su propia orquesta. Fue el referido Muñoz quien propuso a Cuní traer los "matules" hacia La Habana para incorporarlo a su agrupación, con la cual permaneció alrededor de dos años y comenzó a darse a conocer en el mundillo artístico capitalino.
Antonio Arcaño, el flautista capaz de conformar verdaderas maravillas, como denominó su orquesta, devino el próximo jefe de nuestro personaje. El maestro Arcaño lo contaría así:
"A inicios de los años cuarenta, en la antigua emisora Casa Lavín, de Reina 314, que luego fuera Mil Diez, comenzó Cuní a trabajar conmigo... Fue un cantante que gustó mucho entre los bailadores, con una voz fuerte de sonero grande, muy inteligente, con exquisita pronunciación y una tesitura de extensión poco común en cantantes de su género."
El retrato que aporta Arcaño, músico exigente que revolucionó el género danzoneril, bien puede considerarse uno de los mejores elogios hechos a Cuní. Sin embargo, mucho camino le faltaba aún por recorrer.
Otra etapa importante para Cuní fue la oportunidad de tocar con Arsenio Rodríguez -el ciego maravilloso- por el honor que suponía una figura como esa. Allí estaba, de pianista y arreglista, otro señor que merece capítulo aparte: Luis Martínez Griñan Lili, quien recordaría después que "Cuní era un cantante inteligente, muy rápido para aprenderse las cosas. Yo no he chocado con otro cantante tan inteligente como él. Tenía una voz que era bien asimilada por el micrófono, capaz de alcanzar los tonos altos que se exigieran...un sonero de los buenos"
Cuando Arsenio Rodríguez optó por viajar hacia Nueva York en 1949 -donde se convirtió en genuino estandarte de la música cubana- el conjunto quedó en manos del trompetista Felix Chapotín. Dio inicio entonces la etapa más recordada del quehacer de Miguelito Cuní, y aunque en decenio del 50 alternó en ocasiones con la Orquesta de Benny Moré, con la cual viajó a Caracas, siempre regresaba junto a Chapotín y sus estrellas.
Recorrió el Caribe y en 1960 se presentó en Nueva York, cuando Arsenio Rodríguez aprovechó para sumarlo unos días a su agrupación. Era ya Cuní, por aquellos tiempos, una de los voces imprescindibles del son y el bolero. Al respecto viene al caso recordar lo que de él un día expresó la cancionera Moraima Secada:
"Aunque sonero natural, lo mismo cantaba un bolero de esos que estremecen a una, que un son o un guaguancó. Muy completo como intérprete, y muy afinado, con una cuadratura y un sentido del ritmo bárbaros. Y si a eso se le une la simpatía de su personalidad, es fácil comprender por qué gustaba tanto..."
Quizás sea dato poco recordado que 1978 Miquelito viajó a la Unión Soviética con la Orquesta Cubana de Música Moderna, donde la frialdad del clima no le hizo bien a la salud. Entre tanto, grababa varias placas y discos de larga duración que bajo el sello de la firma Areíto se divulgaron en el mercado nacional. Entre los más popularizados figura "La Guarapachanga", grabado con el Conjunto Chapotín, un número que aún puede escucharse en algún que otro programa del ayer destinado a recordar antiguas glorias.
Para las generaciones nuevas la imagen más recordada de Cuní es aquella, antologica ciertamente en la que cantaba a duo con Pablo Milanes el bolero "Convergencia", de Bienvenido Julián Gutiérrez y Marcelino Guerra. En el Festival Nacional de son de Guantánamo en 1980, el número se escuchó ya en las voces del viejo sonero y el nuevo trovador.
Ha contado Pablo que, pese a admirar desde muy tempranamente al cantor pinareño, " no fue hasta 1978 que yo vine a conocer personalmente a Miguelito Cuní. Fue en una actividad en el teatro Karl Marx, durante el XI Festival Mundial de la Juventud, en que coincidimos ambos invitados por Sergio Vitier. En el ensayo nos conocimos y fue emocionante, porque nos abrazamos como si nos conociéramos de toda la vida. Se inició así una amistad que no era sino el resultado de una acumulación de cariño y de admiración mutua".
Visto siempre como interprete, poco se ha divulgado que Cuní tenía además vena de compositor. De esa otra faceta pueden citarse su "Congo africano", " ¡Ay mamita!", "Batanga africana"y "A bailar con la guajira", sones montunos de finales de los 50; "Lloró Changó", toque santo; " Las ansias mias" y " A ti, Benny Moré", boleros y la guaracha " Esto no se ve", entre otros títulos. 
De su viaje a Venezuela en 1981 junto a una delegación de artistas reunidos bajo el nombre de Estrellas de Areíto, relataba el director que aquella agrupación, maestro Enrique Jorrín, que "en el orden personal, he conocido pocas personas tan respetuosas como él; respetuoso como amigo y como compañero, con la intención del autor de una melodía y también en la interpretación".
Por la vecina nación mexicana anduvo Miguelito en 1982 y fue aquella su última incursión por el exterior.
Murió el 3 de marzo de 1984. Algunas semanas antes, el 21 de diciembre de 1983, había fallecido Felix Chapotín, su amigo y compañero de innumerables jornadas.
El deseo del gran sonero -nacido el 8 de mayo de 1917 en la ciudad de Pinar del Río- conmovió a cuantos lo conocieron y admiraron, y en el caso de Juan Almeida, lo motivó a componer la letra de "Este son homenaje",cantado por Pablo Milanes, y cuya primera estrofa dice así:
Este son/ no se ha escrito para baile/ es un póstumo homenaje/ al que tanto son cantó/ lleno de gracia son era/ Miguel Cuní se llamó.
Si en el orden artístico mereció el reconocimiento de sus colegas y miles de admiradores, en el personal quienes lo trataron lo recuerdan como un hombre de intachable palabra y buen decir, lo que entre nosotros equivale a ser todo un caballero criollo.
" El son es lo más sublime para el alma divertir", proclamó sin ambages Ignacio Piñeiro en su celebérrimo "Suavecito", de 1930. El son, con su extraordinaria facilidad para avenirse a otros géneros -la guajira- son, el bolero-son, el son montuno, la guaracha-son, el guaguancó soneado- se instaló en el panorama de la música popular cubana con todas las intenciones de quedarse.
Invariablemente en la preferencia popular, se ha mantenido por unas cuantas décadas influyendo e interactuando con géneros del ámbito caribeño y de aún más lejos. Entre las voces inolvidables del son vienen a la mente sin esfuerzo las de Benny Moré, Abelardo Barroso, Roberto Faz, Joseíto Fernández, Pacho Alonso y otros más por citar solo a los fallecidos. Entre esa pléyade de soneros cinco estrellas, no lo dude, Miguelito Cuní tiene asegurado su lugar. 

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