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No creo que esta
visión simplista y maniquea haya producido obras de
valor ni aquí ni allá
—con malos esquemas no se hace
buena literatura—, y, por lo demás, el enfrentamiento
no siempre llegaba a adquirir categoría de drama por la
sencilla razón de que se pasaba por alto, se
"ignoraba". El que se iba, dejaba de existir,
simplemente; desaparecía de mi vista y de mi vida; se
convertía en un fantasma. ¿También nosotros, vistos o
evocados desde allá, adquiríamos esa cualidad
fantasmal? Quizás nunca lleguemos a saber quién fue el
que tiró la primera piedra; ¿ellos, que se atrevieron
a afirmar que el son se había ido de Cuba, o nosotros,
que nos negamos a aceptar que ellos seguían siendo
cubanos?
Lo cierto es que nos
alimentábamos de negaciones recíprocas, como si yo
sólo pudiera afirmar mi identidad negando la tuya, que
por lo demás no era tan distinta de la mía. Quede
claro que no estoy hablando en términos de
contradicciones políticas, sino de conflictos
dramáticos, que es el terreno propio de lo artístico.
Era una situación que se caracterizaba, a mi juicio,
primero, por ser históricamente inevitable, dadas las
circunstancias, y segundo, por ser culturalmente
empobrecedora para ambas partes.
Eso experimenta un
vuelco súbito a finales de los años 70, cuando se abre
el diálogo entre las dos partes, encabezado —entre los
participantes de allá— por los miembros de la Brigada
Antonio Maceo y del Grupo Areíto. Uno de los primeros
resultados literarios de ese histórico encuentro fue
Contra viento y marea, testimonio colectivo del Grupo
Areíto que recibió el premio Casa de las Américas y
se publicó en 1978. Por primera vez las voces de allá
entraban con todos los honores en la historia de nuestra
literatura, y eran voces solidarias, no hostiles —un
acontecimiento que en el campo intelectual tuvo
repercusiones importantes—. Ese mismo año ganó el
premio UNEAC el testimonio de Jesús Díaz De la
patria y el exilio, publicado en 1979. Esa obra era el
resultado de la experiencia que el autor, como cineasta,
había tenido con la filmación del documental 55
hermanos, donde muchos de nosotros vimos por primera vez
los rostros de aquellos que se habían "ido"
contra su voluntad, o mejor dicho, no por voluntad
propia, sino por decisión de sus padres, puesto que
emigraron siendo niños o adolescentes. Esos jóvenes
tendían un puente emocional que era muy fácil de
cruzar, puesto que no había reproches, ni
resentimientos, ni ajustes de cuenta de por medio; uno
podía abrir los brazos y decir, sin reservas:
"Bienvenidos, muchachos, están en su casa".
Tres años después, en 1981, Jesús Díaz vuelve a
tocar el tema en Polvo rojo, una película que
contrapone la épica de la Revolución al drama de los
que abandonan el país. Ese mismo año Lourdes Casal
obtiene el premio Casa de las Américas de poesía con
su libro Palabras juntan revolución, y eso significaba
la entrada de la autora, por la puerta grande, al
espacio cultural de acá.
Cualquiera hubiera
dicho que ya aquello no lo paraba nadie, que todo era
miel sobre hojuelas, pero está comprobado que la
historia nunca se desarrolla linealmente. Entre los dos
premios Casa —el de testimonio y el de poesía, con
sólo tres años de diferencia entre ambos— se había
producido el fenómeno de Mariel. Fue generándose así
un arco de tensiones cuyo extremo se selló con el
establecimiento —en 1985, si mal no recuerdo— de la
llamada Radio Martí. Volvimos a sumergirnos en la
atmósfera de los enfrentamientos, pero el puente había
quedado en pie y la "comunidad" —como
llamábamos ahora a la emigración y el exilio— siguió
viniendo en plan de visitas familiares y creó, tal vez
sin proponérselo, una situación nueva. Ya no todos
fueron recibidos por todos con los brazos abiertos; ya
no todos aquí estaban dispuestos a aceptar
tranquilamente que de la noche a la mañana los
"gusanos" se hubieran convertido en
"mariposas". Pero hubo quien, por el
contrario, descubrió que tener una de ellas en la
familia, una "mariposa" que viniera cada
cierto tiempo cargada de regalos, no dejaba de ser una
suerte. Si yo tuviera que caracterizar la nueva
situación diría, simplificando al máximo, que el
viejo drama, el de los que se iban, fue sustituido por
el de los que volvían —de visita, se
entiende— y por
el de los que se habían quedado, dispuestos a cualquier
sacrificio, y ahora veían a los otros volver cargados
de maletas. No era fácil tragarse aquel sapo y seguir
tan fresco. Al mismo tiempo, los que volvían no eran
extraños; eran nuestros hermanos e hijos, nuestros
tíos y primos, viejos amigos, a veces hasta nuestras
madres... Es decir, el reencuentro tenía siempre esa
carga emocional y en no pocos casos obligaba a una
reflexión que iba más allá de la anécdota, una
reflexión sobre nuestra propia vida y la legitimidad de
determinadas conductas. Era como si uno, ante una
situación como aquella, necesitara pasar balance y
dejar las cuentas claras, para ver si tenía derecho o
no a sentirse en paz consigo mismo.
Como se comprenderá,
esa atmósfera cargada de reflexiones y tensiones
morales, donde abundaban los dramas de conciencia, era
el espacio ideal para la proliferación de obras
artísticas y literarias. Y una buena parte de las
mismas se centró en el problema de reencontrarse con
aquellos fantasmas que resultaban ser de carne y hueso;
con el deseo, la necesidad, la obligación, la
dificultad, la alegría, la imposibilidad de reanudar
relaciones normales con ellos.
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