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UN HIROSHIMA EN EL IMPERIO
La batalla final será entre míseros y opulentos

Lisandro Otero | México

El mundo despertó ayer horrorizado ante la visión apocalíptica de las ciudades de Nueva York y Washington envueltas en llamas y humo. Los noticieros internacionales nos ofrecieron imágenes del pánico colectivo, de la histeria, el desorden, la angustia causados en la población por los estremecedores atentados. Lo sucedido es casi imposible de creer de no ser por la evidencia gráfica ante nuestros ojos. Los símbolos más sagrados del imperio, de su poderío económico y militar fueron vulnerados. Las calles semejaban al Berlín de 1945.
El World Trade Center se desplomó totalmente y el Pentágono fue parcialmemente destruido. La isla de Manhattan fue evacuada en su zona sur. El valor del dólar se desplomó y aunque los mercados financieros cerraron se pudo apreciar, desde Europa, fuertes caídas de los valores bursátiles. Simultáneamente se produjo un aumento vertiginoso del precio del petróleo.
Es de presumir que más graves consecuencias económicas repercutirán en la ya deteriorada economía de Estados Unidos, que también influirán en México. Las fronteras fueron cerradas, todos los vuelos aeronáuticos cancelados y los edificios públicos se evacuaron, paralizando el funcionamiento del gobierno y las finanzas: medidas de emergencia de tiempos de guerra.
Los agresores seleccionaron cuidadosamente sus objetivos en esos símbolos del orgullo nacional estadounidense. Estos atentados causarán una merma de la moral del pueblo norteamericano, más severa aún que la causada por la derrota de Estados Unidos en el conflicto con Vietnam.
Será difícil que emerjan de ello, aun cuando una respuesta impulsiva y vehemente sea de esperar contra los supuestos perpetradores del ataque.
A ese menoscabo de los emblemas hay que añadir la crisis de los mecanismos de inteligencia. El gobierno en Washington gasta miles de millones en servicios de espionaje e información. No solamente los conocidos Buró Federal de Investigaciones y la Agencia Central de Inteligencia sino el Departamento de Estado, el Pentágono y el Consejo Nacional de Seguridad, entre otros, sostienen poderosos organismos de observación.
¿Cómo es posible que ninguno haya podido detectar el menor indicio de lo que se complotaba? Entre las probables reacciones del gobierno de Bush seguramente debe hallarse una reorganización en su comunidad de inteligencia de abajo a arriba de afuera hacia adentro, aunque ello no trascenderá al público por razones obvias.
Otra consecuencia de esta tragedia se advertirá en el aumento de la severidad contra nmigrantes, en la seguridad de los aeropuertos, en un replanteo de las relaciones internacionales. Los servicios noticiosos responsabilizaban a los palestinos, a los talibanes, a Bin Laden, al orbe musulmán del Oriente Medio, lo cual traerá graves consecuencias racistas.
Todo aquél que tenga rasgos somáticos arábigos será objeto del odio y la discriminación en el futuro inmediato.
Es de lamentar que víctimas inocentes hayan pagado con sus vidas en este lamentable episodio. Aparte de los infortunados ocupantes de los cuatro aviones secuestrados hay que contar a los militares dentro del Pentágono y los oficinistas y visitantes del World Trade Center. Si se calcula que en un día normal las torres gemelas contenían 150 mil personas el número de víctimas pudiera contarse entre las decenas de miles, lo cual haría ascender este desastre a la categoría de la bomba atómica de Hiroshima.
Una vez más el terrorismo se desacredita como arma política. Nada puede justificar esta barbarie, este crimen en el cual fueron sometidos a una prueba de fuego seres humanos totalmente desvinculados de los problemas del Oriente Medio. Pero también es una llamada de alerta para que Estados Unidos escuchen a los pobres y discriminados del mundo, a los hambrientos y analfabetos, a los negros, los indios, los musulmanes, a las grandes mayorías reprimidas y sufrientes que no disfrutan de los bienes de la naturaleza.
Este no es un conflicto entre el llamado "mundo libre y democrático" y los impulsores de la guerra irregular sino entre el universo pudiente, satisfecho y próspero y los preteridos, míseros y humildes de este planeta.

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