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LA AVELLANEDA EN DOS MUJERES
(1)
Antón Arrufat |
La Habana
A los cincuenta y cinco años,
prematuramente envejecida y enferma de diabetes, preparó
la Avellaneda en 1869 una edición de sus obras. De esa
colección excluyó varios textos, entre ellos la novela
Dos
mujeres, impresa en
cuatro tomos pequeños, los tres primeros en 1842 y el
último al año siguiente. Esta decisión, considerada
ejemplo de su energía autocrítica, tuvo por lo menos
dos causas. Una, que como escritura Dos
mujeres ya no le satisfacía. En una carta de 1844,
al año de publicada, confiesa que «se resiente de una
gran desigualdad de estilo y de abundantes descuidos en
el lenguaje». Sin duda existen en Dos
mujeres diversas pruebas de esta aseveración. Pero
cuando preparaba la edición citada, se negó a
revisarla. Declaró —quizá fuera cierto— estar
enferma y sin fuerzas. Sin embargo otras obras suyas
pasaron por un proceso minucioso de revisión antes de
ser incluidas, como ocurrió con Espatolino, narración que estimaba. ¿Por qué no hizo lo mismo con
Dos mujeres?
Aquí podría mencionarse la segunda causa posible. En
la misma carta se refiere a la novela como «obra de
ocios amargos, en la convalecencia de una enfermedad».
Dejemos en suspenso esta cuestión por un momento.
Acorde con los principios románticos, y lo más
atrayente de su obra en la actualidad pertenece a esta
tendencia, había entre su vida y su escritura un vínculo
estrecho, de ruptura, transformación o coincidencia,
pero existente y manifiesto. Dos
mujeres fue escrita a los veintiocho años,
seis años después de abandonar Camagüey, donde había
nacido en 1814.
Carece la Avellaneda de una
biografía que utilice realmente los métodos actuales
de indagación. Sus biografías son en total seis, hasta
el presente. Cuatro fueron escritas por españoles. Por
dos mujeres, Mercedes Ballesteros y Carmen Bravo
Villasante, que es la más reciente, y por dos hombres,
Emilio Cotarelo y Rafael Marquina. El primero la imprimió
en Madrid en 1930 y es hasta ahora, pese a sus remilgos
y pruritos morales, la mejor de todas. Rafael Marquina,
español de larga residencia en Cuba, publicó la suya
en La Habana, bajo el título de La
peregrina. Los cubanos Figarola Caneda y
Aurelia Castillo de González escribieron también
estudios biográficos. Figarola realizó una verdadera
aportación al dar a conocer las cartas que la
Avellaneda envió a su prima Eloísa en 1838 con la
descripción de su primer viaje a Europa y de su
encuentro con la ciudad de Sevilla. A esto Figarola
agregó la recopilación de los retratos que existían
de la escritora. Sin embargo, todas tienen un defecto
común: ser exclusivamente narraciones de
acontecimientos con cierto orden cronológico, pero
carentes de un análisis e interpretación de estos
mismos acontecimientos, de las motivaciones de su
conducta y sobre todo de su origen: los veintidós años
que vivió en Camagüey. De su infancia y adolescencia,
etapas formadoras en la actuación futura de un escritor
—Baudelaire afirmaba que el poeta es aquel que tiene
la facultad de recuperar su infancia a voluntad—, casi
no se conoce nada más que lo que por sí misma narró
en sus tres autobiografías (1839, 1846 y 1850), textos
bastante breves y urgentes. Citar y parafrasearlas es
cuanto se ha hecho sobre esta etapa. Ignoramos cuánto
hay de imaginario o
de autoengaño, cuánto de estados ilusorios y
estrategia de conquista. La más importante y extensa de
estas autobiografías fue redactada para ser leída por
su amante Ignacio de Cepeda. ¿Qué le ocultaba o qué
intentó destacarle de su juventud? ¿Cuánto de verdad
o mentira se encuentra en esa imagen intencionada, de la
que se propuso que Cepeda se enamorara? Si con ésta
quiso crear una imagen privada, con las restantes,
compuestas para la prensa y un diccionario, se proponía
la creación de una imagen pública. Al no existir una
investigación documental que compulsar y comparar con los hechos narrados por ella misma, resulta
imposible conocer qué hay de cierto y qué de imaginado
en sus papeles autobiográficos. Los cuatro biógrafos
españoles nunca estuvieron en Camagüey. No vieron ni
la casa de
la familia Avellaneda, que aún se conserva, ni
realizaron una investigación sobre su entorno social.
Creo que igualmente ocurrió a sus biógrafos cubanos.
Las perplejidades que la lectura de estos textos íntimos
generan en el lector, han quedado todavía sin resolver.
No cabe duda, dado su interés en trabajar su escritura
con su experiencia existencial, en la que incluyo la
lectura de varios libros que la contaminaron, tal
investigación acerca de sus primeros años explicaría
en parte la génesis de las obras de su período
juvenil, las que escribió apenas llegada a España, y
todavía reciente su experiencia cubana.
En este sentido no sólo nos
falta esta biografía, sino en el de encarnar «un mito
errante». La Avellaneda es una de las figuras míticas
de la cultura cubana, tanto una escritora como un
personaje literario, con su apariencia de protagonista
de novela, de la que hablamos y conocemos algo, cuya
personalidad nos atrae e interesa, al igual que ciertas
partes de su obra, la que tal vez leemos poco, pero de
la que hemos oído hablar. Esa especie de «rumor» que
la circunda, que suele engendrarla y tergiversarla a
veces, crea una
imagen. Esa imagen,
cualquiera que sea, parece precederla, estar al comienzo
de la lectura de sus páginas. ¿Hasta dónde su persona,
si puedo expresarme así, se ha objetivado en su
escritura? En su época lo que llamamos «vida», buscó
expresarse mediante la palabra. Fue un propósito y una
ilusión. Antes, como observara Sainte-Beuve hablando de
Racine, «la literatura era tan distinta de la vida,
que nada llevaba de la una a la otra, y nadie tenía la
idea de juntarlas». En el caso de la Avellaneda la
imagen tiene una fuerza constante.
(Acerca de esto citaré una anécdota
personal. Una no, realmente dos. Siendo un niño de diez
u once años oí pronunciar su nombre
en casa de unos vecinos. Sospecho que no sería
la primera vez —en
el aula pude haberlo escuchado—, pero esa fue una de
las más impresionantes. Han transcurrido cerca de
cincuenta años sin que la olvide. Sentado en la sala,
junto a mis padres, durante la visita alguien la mencionó
en medio de la conversación. El hijo de la dueña de la
casa, hombre joven, locutor de radio y al que parecía
gustarle leer libros, oyéndola mencionar exclamó con
violencia despreciativa «¡Esa era una puta!». A la
vuelta de un tiempo, cuando empezaba a estudiar su obra,
hablando con un amigo de la estancia de la Avellaneda en
Pinar del Río, donde cuidaba a su esposo moribundo, de
pronto me dijo «Por aquí cuentan que lo mató poniéndole
veneno en el café». Ambas imágenes carecen, por
supuesto, de fundamento real. Son tan sólo una
demostración del mito.)
Su mismo nombre y su apellido
pesan en esta leyenda. Gertrudis Gómez de Avellaneda
retumba como un trueno, y acalla ciertas consideraciones
de hogareña ternura o de suave elegancia. Con su nombre
sucede algo singular: pocas veces se pronuncia y escribe completo. Habitualmente se reduce a «la Avellaneda».
Creo que a sus deudos y amigos les ocurría algo
parecido, para ellos era simplemente «Tula». Vemos en
la actualidad (o todavía) en ella a una mujer superior
a las prevenciones y convenciones de su época, que
fumaba tabaco y podía travestirse con ropas masculinas
o llevar vestidos a la moda que desnudaban sus pechos,
que tuvo una hija extramatrimonial y amó a varios
hombres durante una vida de escándalos, tanto por sus
escritos como por su conducta, que ciertas veces ella
protagonizó y otras le hicieron los demás
protagonizar. Fue en España una escritora combatida,
porque era realmente provocadora. Este mito errante no
ha encontrado aún la biografía que lo ordene y
explique, y al mismo tiempo lo ponga, para decirlo físicamente,
en las manos de sus lectores. Creo que, en gran parte,
las biografías modernas que emplean todos los métodos
de interpretación actuales tienen la función de
encarnar un mito y a la vez de abrir la posibilidad de
que se prolongue, sea restituido, fracturado, ampliado o
reducido, es decir, propiciar una especie de debate
reflexivo acerca de esa vida y de esa figura que
solamente se obtiene, aunque parezca paradójico,
mediante estas biografías.
La Avellaneda se formó en una
sociedad interior, sin acceso al mar. En el siglo XIX
esto tenía importancia. Eran sociedades
apartadas, sin comercio marítimo, sin el arribo de
barcos ni de libros. A Camagüey se llegaba a caballo,
después de un largo recorrido. Ciudad de menos de
cincuenta mil habitantes, de terratenientes y esclavos,
novenarios y procesiones, largos almuerzos, patios
interiores, calor y moscas. Un mundo enrarecido y a la
vez muy vital, como han sido todos los mundos
enrarecidos, en apariencia cerrados y en realidad y a
escondidas, transgresores. Ella transformará este
mundo, rebelándose
contra sus principios rígidos, en el espacio de la
escritura literaria.
En el tiempo de su adolescencia,
la mujer ocupaba una posición muy singular. La
Avellaneda pertenecía a una familia cubana, por parte
de madre, de cierta posición económica. Eran dueños
de tierras y poseían esclavos. La madre, Francisca
Arteaga, casó
con un teniente de la marina española, Gómez de
Avellaneda, varios años mayor que ella, de «mermado
patrimonio» —afirma Cotarelo—,
y según cuenta su hija, fue un matrimonio «forzoso».
Típico matrimonio concertado, donde el gusto y las
conveniencias de los padres de Francisca intervinieron más
que los de ella misma. No hubo amor entre ellos, sino
una costumbre plácida que duró diez años. Cinco hijos
nacieron de este enlace. Nueve años de edad contaba la
Avellaneda cuando el padre murió. Tras su muerte, y con
el nuevo matrimonio de su madre realizado a los diez
meses «acaso con sobrada ligereza», opina la hija en
su autobiografía de 1839, comienza la idealización de
su padre difunto. Lo verá como un hermoso caballero: «noble,
intrépido, veraz, generoso e incorruptible»(2). Si estas
cualidades nos parecen, a nosotros lectores contemporáneos,
demasiadas para una sola persona, para la Avellaneda
poseen una consistencia: la de su deseo y la de su
estrategia. La de su deseo, porque en ella existía la
necesidad, alimentada por sus lecturas del romanti-cismo
francés y por las valoraciones de su época, de amar
mediante la idealización. Tuvo desde su juventud la
tendencia stendhaliana a descubrir o dotar al objeto de
su amor de cualidades un tanto sobrehumanas o sublimes,
que tal vez poseyeran o tal vez no. Por estrategia,
porque esta cristalización de su padre,
fantasma luminoso que la acompañó a lo largo de
su vida, debía oponerse en su hogar camagüeyano, y tal
vez posteriormente en el de Sevilla, a la presencia real
y física de su padrastro. En verdad su padre era un
pequeño burócrata de la administración militar de la
Colonia, al que ella nombraba como «comandante de
puertos», y que figura en la fe de bautismo de su hija
como «subdelegado de marina», nacido en un pueblecito
enclavado en la Sierra Morena.
Francisca Arteaga era, según el canon de su hija, muy
hermosa, pero también era rica. Su marido, descendiente
de una familia de antiguo linaje, un típico hijodalgo
provinciano y empobrecido, que debió abrazar la carrera
de las armas en busca de posición social y de
prestancia. Quince años después de su muerte, casada
Francisca Arteaga con otro hombre, su propia hija
afirmará que ambos habían sido desdichados, porque se
llevaban varios años y, sobre todo, porque no se
amaban, aunque se guardaron fidelidad (3). Encontraremos
luego en Dos
mujeres un hecho
semejante, común en la literatura romántica, un topos:
el enlace pactado por los padres de la pareja. Es en su
propia vida donde la Avellaneda encuentra este problema,
donde comienza a experimentar la situación social de la
mujer como objeto manipulable. Caso curioso: por el
hombre, pero con la complicidad de otras mujeres,
abuelas y madres, víctimas
y cómplices a la vez. Los dos casamientos de Francisca
Arteaga, matrimonios diversos, el primero concertado y
el segundo por amor, marcaron de manera imborrable a la
hija. A los dos se opuso. No sólo al convenido, lo que
es plausible, sino al que ella debió considerar auténtico.
(Después veremos que estos dos enlaces la indujeron a
crearse una
opinión independiente del matrimonio.) Tanto la
atormentó que su madre se hubiera unido a un hombre por
pacto familiar, como que se casara casi de inmediato,
tras la muerte de su marido, con otro. Ese marido era su
padre, y su muerte, por vez primera tenía conocimiento
de la muerte y sobre todo de «un ser querido», y
sentirse desplazada del afecto de Francisca,
determinaron tan larga influencia. Cuando falleció su
padre, de los cinco hermanos quedaban dos, ella y
Manuel, que constituían el centro del afecto de sus
padres, siendo «tiernamente queridos». Francisca sentía
y manifestaba cierta preferencia por el hijo varón, y Gómez
de Avellaneda hacia la hija. «Acaso por esto, y por ser
mayor que Manuel cerca de tres años, mi dolor en la
muerte de papá fue más vivo que el de mi hermano.» (Autobiografía
del 39.)
Hemos visto que ella se
encontraba fascinada por la personalidad de su padre, objeto de su admiración y devoción, a quien dotó de
cualidades que siempre consideró como excepcionales.
Pero a su vez, era la preferida de su padre. Estaba
protegida por él, mimada y cuidada. Se sentía unida a
su cuerpo y a sus cualidades, sin que existiera aparte
como otra persona. Después de su muerte y tras el
segundo matrimonio de Francisca , se descubrirá como única,
y comenzará a cuestionar los principios éticos en los
que ha sido educada. En su Autobiografía
del 39 hay una confesión realmente significativa, que
cualquier freudiano podría sicoanalizar gustoso, la
descripción del lugar vacío que el padre ocupaba en la
cama matrimonial, y que llenará el cuerpo del
padrastro. El padrastro era, además, también militar,
pero joven. Y ostentaba una condición, había sido elegido
por su madre, con la oposición esta vez de toda su
familia. Con ironía escribirá la hija: «mamá tuvo
para esto una firmeza de carácter, que no había
manifestado antes, ni ha vuelto a tener después.» La
Avellaneda sintió una aversión impresionante por este
hombre joven que venía como un intruso a ocupar la cama
que era de su padre. Quizá sorprendiera a los recién
casados en ternezas y caricias, intercambiarse miradas
de deseo y hasta los viera besarse. Estas dos cosas: la
sustitución y el sentirse desplazada, nunca las olvidó
ni se las perdonó a su madre. Se sintió sola. Vagaba
por la casona camagüeyana, rodeada de amiguitas y de
esclavos, sintiéndose abandonada y distinta. Pasaba
casi todo el tiempo leyendo encerrada en «el cuarto de
los libros». Buscó refugio en Manuel, su único
hermano carnal y que llevaba el nombre de su difunto
padre. Formaron
una extraña pareja de niños, inteligentes y
despiertos. Tuvieron siempre entre ellos una gran
afinidad —Manuel leía tanto como su hermana—, real
simpatía, un misterioso vínculo, infrecuente y
singular entre hermanos de diferente sexo y edades
diferentes. Ella se apoyaba en él y el hermano en ella,
no solamente en su adolescencia y juventud en Camagüey,
sino también en España. Manuel la comprendía y
admiraba, o tal vez la admirara sin comprenderla, como
suele ocurrir con frecuencia. Una gran pena, o para usar
un término que complacía a los románticos, una
desgracia le estaba reservada casi al final de su vida:
la muerte de este hermano. Su pérdida, de la que ya no
se repuso, ocurrió tres años antes de que la
Avellaneda falleciera en Madrid, en 1873. El hermano,
además de pasar junto a ella largas temporadas,
intervino en dos momentos cruciales.
Menciono el primero.
Cuando llegan a España, la
Avellaneda va a residir en la Coruña junto a la familia
de su padrastro Escalada, donde es considerada una niña
bien, despreciada por inútil en las labores domésticas,
propias de una mujer. No sabía lavar, hacer calceta,
planchar ni fregar la loza. Las hermanas de Escalada le
reprocharán insidiosas y burlonas la posición económica
que gozó en Camagüey. (Aunque resulte sorprendente
Galicia era más rural y pobre que el Camagüey que habían
abandonado.) Porque se pasaba el día leyendo, hablaba
de otra manera y estudiaba a Rousseau, la motejaban como
«la doctora» y la calificaban de «atea». Decían,
por tanto, que no era buena para nada «porque no hacía
las camas, ni barría mi cuarto. Según ellas, yo
necesitaba veinte criadas y
me daba el tono de una princesa». Sin duda algo
de cierto hay en esta conducta y en estos reproches.
Acostumbrada a que las esclavas de su familia realizaran
los quehaceres de la casa, la vistieran, peinaran y
abanicaran en los días calurosos, no necesitó aprender
lo que las hermanas de su padrastro llamaban impositivas
la «obligación de su sexo». De esta existencia
desdichada en un hogar cuyos miembros aspiraban a
tiranizarla, la salvó su hermano llevándosela a
Sevilla.
La siguiente intervención
decisiva de Manuel fue en Cuba. Como es sabido, la
Avellaneda regresó a su país en 1859, tras veintitrés
años de ausencia. (Desde antes Manuel, casado con una
cubana, vivía en la villa de Guanabacoa.) Si
exceptuamos la novela El
artista barquero, escrita durante los
primeros años de su estancia en la Isla, lo más
importante de su obra ya estaba terminado, su energía
creadora declinaba, y
posteriormente no produciría nada de significación.
Regresó casada con su segundo marido, el coronel
Domingo Verdugo, militar español como lo fueron los
esposos de su madre. (Al marido ella reducía el
apellido y lo llamaba «Hugo» para atenuarlo.) Su
regreso fue triunfal. Dondequiera que estuvo, en La
Habana, en Cienfuegos, en Cárdenas, fue homenajeada y
coronada. Como una gran figura volvió a Camagüey,
escenario de su juventud, y la recibieron en un teatro
adornado con flores y alfombra carmesí, en las paredes
medallones con los títulos de sus obras en letras
doradas y colgado en el escenario un gran retrato suyo
orlado de gasas azules. Hubo discursos y declamación de
poesías, compuestos en su honor. Pero la culminación
de estos homenajes había ocurrido meses antes en La
Habana, una de esas coronaciones a las que Rubén Darío
calificó de «esplén- didas humoradas». Se realizó
en el Tacón,
el mejor teatro de la ciudad, en una noche de enero de
1860. Adornaban el teatro jarrones con rosas sobre
pilastras doradas, guirnaldas de gasa azul y blanca,
candelabros encendidos, grandes sillones en el escenario
sobre alfombra roja. Se tocaron piezas para piano y violín,
y cantantes italianas y españolas, de paso por La
Habana, cantaron arias y dúos operáticos. Se representó
su obra en un acto, La
hija del Rey René, por estudiantes de
declamación. La Avellaneda se sentó debajo del retrato
de la Reina Isabel II. Miles de señoras y señores
ocuparon los palcos y el lunetario. Se pronunció un
discurso en su elogio y se leyeron versos. En uno de
esos instantes ocurrió un imprevisto muy
latinoamericano, un grotesco tropical: un hombre de
cabellos largos y mal peinados, piel amarillenta y
vestido de negro subió al proscenio y comenzó a leer
un romance en elogio de Gertrudis Gómez de Avellaneda,
con grandes gestos y voz grandilocuente. Aquello no tenía
fin y el público se impacientó. Se oyeron risas, después
carcajadas y por último gritos conminatorios para que
terminara. El individuo seguía inconmovible su recitación.
Un poco antes, Enrique Piñeyro, testigo excepcional,
reportero de un periódico de teatros, caminaba
indiferente los corredores, se paraba un momento y
miraba por las persianas de los palcos, cuando el
bullicio lo hizo colocarse entre bastidores. Pudo
entonces ser testigo «del efecto que final tan
estupendo — escribe irónico—... producía en la
Avellaneda... A medida que el escándalo crecía, iban
sus ojos lanzando
dardos de fuego. Apretaba los labios con más fuerza
cada segundo, y pronto
descubrí una gota de sangre que se deslizaba
silenciosa, arrancada por la impotencia con que en tal
ocasión su inmenso orgullo e indomable carácter
luchaban desesperados». Más adelante advierte Piñeyro
que sería inútil buscar alguna comprobación o
indicio. El censor de prensa recibió orden de las
autoridades de no dejar pasar impresa ni una palabra
sobre el incidente. Cuando éste terminó, Luisa Pérez
de Zambrana y la Condesa de Santovenia alzaron una
corona de oro macizo, esmaltadas las hojas de laurel,
con la que ciñeron la frente de la Avellaneda. La pequeña
mancha de sangre, que el pañuelo no consiguió borrar,
permanecía bajo el labio. Resonó entonces el canto de
un himno compuesto en su honor. Ella leyó unas
cuartetas de agradecimiento. Se obsequiaron dulces y
helados. Se repartieron un retrato de la poetisa y una
medalla conmemorativa. Nada faltó a este evento de
suprema cursilería y encantadora ingenuidad. A la
salida un lujoso coche la esperaba y la condujo a su
casa. Quizá la Avellaneda recordaría, en una suerte de
superposición temporal, la coronación pública de otro
poeta, José Manuel Quintana, acaecida en Madrid en
1855, cinco años antes, a la que ella asistió y donde
recitó una oda en su homenaje, pomposa y aburrida,
desde lo alto de una tribuna. Quintana pasaba de los
ochenta cuando fue coronado y murió dos años después.
De aquella coronación quedó un enorme cuadro al óleo,
en el que la Avellaneda aparece durante su lectura.
Tiene recogido el cabello sobre la nuca con una cinta
tal vez ridícula, viste un traje lujoso, las mangas de
encaje. Sin duda no es la mujer de antes, esbelta, largo
cabello en crenchas, descotada y juvenil, sino una señora
gruesa, el perfil agudo, que oculta su gordura en un
vestido inmenso, y solamente deja ver los opulentos
brazos y un brazalete en forma de serpiente enroscada. A
esta mujer fue a la que vieron los cubanos, perdida su
antigua belleza y los arrestos de su juventud. Era ahora
muy conservadora, muy religiosa y la llamaban Doña
Gertrudis. Caminaba con lentitud, y los rigores de un
clima al que ya no estaba acostumbrada la obligaban a
quejarse de jaquecas y desfallecimientos, y a secarse
constantemente el sudor con un pañuelo.
«Es raro que un poeta, un
artista, sea conocido en su primer y encantador aspecto;
la fama le llega más tarde, cuando las fatigas de la
vida, las torturas de las pasiones han alterado su
original fisonomía, cuando queda una máscara gastada
donde cada dolor ha puesto como estigma una huella o una
arruga. Esta última imagen, que tiene también su
belleza, es la que se recuerda.»
(Théophile Gautier.)
Otro aspecto no escapó a la
perspicacia de Enrique Piñeyro. Vuelvo a glosarlo.
En La Habana algunos jóvenes
aficionados a las letras se mantuvieron alejados de la
poeta y de su marido el coronel. El sentimiento y los
principios separatistas se habían agudizado desde que
abandonara Camagüey. Estos jóvenes «no habían
querido tomar parte activa en la proyectada apoteosis,
aunque se abstenían de oponerse abiertamente». Para
ellos no había regresado como una cubana deseosa de
volver a su patria ni a título de celebridad literaria,
sino —o también— como la mujer de un militar del séquito
del futuro Capitán General de la Isla, que llegaba a
tomar posesión de su cargo. Esperaban —o temían—
que Verdugo fuera designado para algún cargo militar,
como en efecto sucedió. «Yo fui de ese número de jóvenes
—confirma Piñeyro—, y bien recuerdo que algunas
veces en que la veía pasar sentada en el quitrín
abierto al lado de su marido, sentía acudir a mi mente
aquellos versos del Rimorso
de Berchet: É
la donna d'un nostro tiranno/ é la sposa dell'uomo
stranier.»
Sin embargo el «extranjero» le
resultó a Piñeyro interesante. Se fijó en su palidez,
en su piel mate, en su mirar melancólico de enfermo.
Verdugo convalecía de una estocada que recibió en
Madrid. No era reciente, habían transcurrido casi dos años,
pero el hombre no sanaba. Respiraba con dificultad, se
quedaba sin voz, tenía frecuentes recaídas. Un mediodía
de abril de 1858 caminaba el coronel Verdugo por una
calle madrileña. Un individuo lo seguía desde hacía
rato hasta que, colocándosele delante, se le interpuso.
Verdugo lo reconoció: era el mismo que había arruinado
la representación de una obra de la Avellaneda lanzando
un gato vivo al escenario. Mediaron palabras y tal vez
insultos. El individuo, Antonio Ribera, tipo intranquilo
e impulsivo, con antecedentes penales, confesó después
de su detención que Verdugo le había gritado ¡pillo! y ¡tunante!. Con ademán inesperado
abrió el bastón que llevaba y sacó un estoque oculto.
Dos estocadas le dio a Verdugo: una superficial y la
otra realmente grave le penetró en el pulmón derecho.
Cayó en la calle arrojando sangre por la boca. El
agresor huyó, y fue detenido a varias cuadras del
suceso. El marido de la Avellaneda estuvo largo tiempo a
dos dedos de la muerte, y sobrevivió tan sólo quedando
débil, con la salud quebrantada. Esto le había
ocurrido al hombre que Piñeyro veía pasar en el quitrín,
bajado el fuelle, sentado junto a su mujer, sobre el
asiento de seda azul. Estos jóvenes sintieron por él
«cierta simpatía». Estaba enfermo y era el marido de
una mujer a la que admiraban. Nombrado por el Capitán
General al frente de tres circunscripciones militares
—primero Cienfuegos, luego Cárdenas, por último
Pinar del Río—, a las que Piñeyro define con el
nombre de «satrapías», Verdugo gobernó
—inesperadamente— con buenas intenciones. Mandó
realizar obras de utilidad pública, reparación de
calles, construcción de un teatro, inauguración de un
hospital, una
plaza y un monumento a Cristóbal Colón...
Aunque de Verdugo se tienen pocos
datos, es lícito
intuir en este moribundo la urgencia por hacer algo
antes de morir. Es el típico hombre enfermo
al que se le ha anunciado la muerte, casi con una
fecha fijada. La veía cada día avanzar un paso,
acercarse, o mejor y más atroz, surgir de su propio
cuerpo herido, como si naciera de sí mismo. La
Avellaneda permanecía a su lado, al pie del lecho de
este hombre que moría cada hora un poco, como había
permanecido junto a su primer marido, Pedro Sabater, con
el que casó a sabiendas de que padecía de un cáncer
de laringe irremediable. En Dos
mujeres encontraremos, en el espacio simulado
de la escritura y en una singular prefiguración, a
Catalina al pie del lecho del amante enfermo, especie de
sacrificio, que implica un deber y a la vez un placer
oscuro. La Avellaneda había visto morir a su padre, a
sus hermanos menores. Apenas llegó a Cuba supo que su
madre acababa de fallecer en Madrid. La muerte la
circundaba. Estaba más en su vida que en su literatura.
Entre sus poemas, sólo hay uno valedero sobre la
muerte, elegía solemne, hermosa y un tanto vacua. No
está dedicada a nadie que ella conociera en persona,
sino a uno de sus fantasmas, poeta que siempre admiró y
que tanto la influyera, a José María Heredia. Pero
Verdugo se moría. Tras cada gobernación que entregaba,
salía más enfermo, en tanto pronunciaba discursos agónicos,
con la voz ronca y vacilante, e inauguraba edificios. En
la última de sus gobernaciones, en Pinar del Río, la
muerte lo alcanzó o terminó de surgir de su propio
cuerpo. Sus múltiples viajes, de una ciudad a otra, le
hicieron mucho daño. Tuvo fiebre, unas calenturas, sin
fuerzas para recobrarse. No hacía ni un mes que llegara
a Pinar cuando falleció. La viuda trajo sus restos a La
Habana para darles sepultura. Donó la corona de oro,
con la que ciñeron su frente durante el homenaje, a la
Virgen. Hizo testamento y vestida de negro pasó el
invierno en La Habana.
Es dable suponer que esta muerte
intensificara en ella sentimientos de culpabilidad. No podía ignorar que en la muerte de su marido ella estaba
en cierto modo implicada. Había sido por defenderla
ante su agresor que recibió la estocada de la que,
finalmente, fallecería. Es probable que el móvil del
hecho fuera político, lo que trataron de ocultar los
periódicos españoles de la época, pero fue la
Avellaneda, en una carta pública sumamente importante
en este sentido, quien intentó revelar la verdad, y esa
verdad, al descubrir el móvil político, la exoneraba,
por lo menos ante sí misma, de cualquier culpabilidad.
Ser eximida no pudo conseguirlo ni pública ni
socialmente. Si se ignora lo que sucedió al agresor
Antonio Ribera después de ser absuelto, de lo que no
cabe dudar es de los sentimientos encontrados,
culpabilidad y remordimiento, que tuvieron que provocar
en la Avellaneda. La muerte de Verdugo, debilitado por
la estocada de un hombre que arruinó la representación
de una de las piezas teatrales que ella había escrito,
no sólo era la extinción de un ser querido, con el que
había vivido cerca de ocho años como esposa, sino de
alguien que
se expuso por ella, y este hecho le causó la muerte.
Creo encontrar aquí uno de los motivos de la crisis de
religiosidad que padeció la Avellaneda tras el
fallecimiento de Verdugo. (No era la
primera de estas crisis, la anterior se produjo
después de la desaparición de Sabater, cuando se retiró
a un convento, en el que estuvo cerca de dos meses de
recogimiento y prácticas devotas.) Estos sentimientos,
su soledad, largos insomnios, desilusiones y el
presentimiento de que poco ya le quedaba por escribir,
cierta esterilidad o el amago de la futura esterilidad,
trágica en un escritor de cuarenta y nueve años, la
inclinaron a
la devoción, a la búsqueda de un consuelo, del
consuelo divino. Volvió a la lectura de libros
edificantes y devocionarios, manuales medianos, puro
cliché piadoso. Lecturas convencionales de una buena
católica. Sin duda su aflicción era auténtica,
pero más sentida que especulativa,
y no la inducía a plantearse graves cuestiones
teológicas o místicas. Dada su vehemencia natural y su
inclinación romántica por lo excesivo —hábitos de
reclusión o de vida mundana igualmente prolongados—,
comenzó a prepararse para un largo retiro en el
convento habanero de Santa Clara, donde estuvo como
pensionista cuando niña su amiga la Condesa de Merlín.
Esta vez, a la necesidad de encontrar alivio religioso a
su pena, unía también la asistencia a un lugar donde
pasara un tiempo su amiga y sobre el que había escrito.
Por tanto, el convento de las clarisas no era para la
Avellaneda una simple edificación de piedra, resultaba
un escenario literaturizado,
con el encanto o el prestigio que propicia este hecho.
Lo que ella llamaba, usando un término sacralizante, «consagrar
por el recuerdo».
En tal momento, pendiente de
tomar una decisión, decisión que tal vez la hubiera
llevado a permanecer en Cuba definitivamente, se produce
la segunda intervención de su hermano Manuel. Hacía sólo
unos meses que residía en París con su mujer —por línea
paterna descendía de franceses—, y al enterarse de
que su hermana, agobiada por las penas y temerosa de su
soledad, se proponía renunciar a todo y encerrarse en
un convento, subió a un barco en Burdeos y quince días
después se encontraba ante ella. No queda testimonio de
tal rencuentro ni de las conversaciones entre ambos
hermanos —era Manuel «compañero inseparable en todas
las vicisitudes de la vida»—, pero la Avellaneda
desistió de su propósito y se dispuso a partir de
Cuba. Comenzaron entonces las penosas despedidas. Con
sus tocas de viuda y del brazo de su hermano, volvió a
las ciudades en que había sido festejada, para
agradecer y despedirse. Todo ahora resultaba muy
distinto. Fueron a Matanzas, a Cienfuegos y a Cárdenas.
Visitó las casas en donde había estado en
circunstancias más dichosas y retornó a La Habana. Una
ciudad no volvió a ver: Camagüey, a la que nunca
regresaría. Aquellos jóvenes que se negaron a
participar en su coronación, acudieron sin excepciones,
a inclinarse «con respetuosa simpatía —nos dice Piñeyro—
ante el dolor de la ilustre dama, el día en que se
embarcó muy llorosa para España». Ella y Manuel
hicieron el viaje juntos. La vuelta a España fue
lenta. Duró tres meses, de julio a mediados de octubre.
Permanecieron varias semanas en New York, vieron las
cataratas del Niágara, viajaron luego a Londres, después
a París. Visitaban monumentos y museos. Manuel,
respetando el luto, buscaba formas de mitigar la aflicción
de su hermana. Entraron nuevamente en España al
comenzar el otoño. Cinco años había durado la
ausencia de la Avellaneda.
Estos hermanos tuvieron una sutil
relación amorosa mal estudiada y en la que poco se ha
insistido.
Vuelvo a la etapa de su juventud.
Notas:
1. Transcripción de dos charlas
impartidas por Antón Arrufat en la Casa de las Américas
en abril de 1990. Es a su vez el prólogo a Dos
mujeres, de Gertrudis Gómez de Avellaneda, editado
por Letras Cubanas en 2000.
2.
Este padre incorruptible tenía varios hijos naturales,
anteriores a su matrimonio, como se desprende de la
lectura de los testamentos de la Avellaneda, quien
parece haberlos conocido y sostener relaciones con
alguno de ellos.
3.
Esta fidelidad ha despertado siempre mis sospechas. Si
el padre tuvo varios hijos siendo soltero, no encuentro
razones para que, después del matrimonio, dejara de
tener tales relaciones. Durante esa época era muy frágil
la ortodoxia sexual. Las familias establecidas estaban
rodeadas de hijos naturales, como las cortes de
bastardos. Es muy probable que la sociedad camagüeyana
fuera promiscua y la moral social un juego de
apariencias. La Avellaneda no estaba dispuesta a
reconocer ante Cepeda la promiscuidad que la rodeaba en
su juventud. Quería darse a respetar y hacerse
respetable en presencia del hombre con quien quería
casarse.
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