ANTÓN ARRUFAT
y "La noche del aguafiestas"
Palabras pronunciadas por
Lisandro Otero en la presentación de la novela
"La noche del aguafiestas" en la Casa Refugio Citlalteptl, el 22 de agosto de
2001, en Ciudad México
Alejo Carpentier confesó a un periodista que de no haber sido quien
era, le habría gustado ser Fred Astaire. Curiosa meta la del Gran Maestro
de las letras hispanas: trocar la pluma por los trenzados finísimos de los
pies y las cabriolas elegantes del bailarín. Algo semejante reveló Antón Arrufat
al recibir el Premio Nacional de Literatura de Cuba: le habría gustado ser
uncantante popular que lanza besos a su público, con la punta de los dedos,
desde un escenario iluminado. Ello no implicaba una renuncia a su destino
de escritor. Para Antón uno construye su propio sino y este se convierte,
después, en un tirano implacable, exigente de una cuota de ofrendas.
El alegre Antón, el chispeante Antón, con su aguzado ingenio, sus
ocurrencias incesantes, su alborozo jovial, deambulaba por aquél periódico
que nos acogió a todos, en el umbral de una voluntad expresiva. Era uno de
los animadores de un proyecto cultural que marcaría con su influjo,
fructuoso y lesivo por igual, los siguientes decenios. Pero el jaranero
Antón era también el sensible, el recatado, de fácil sonrojo y huidiza presencia,
sombrío a veces, que no se entregaba fácilmente ni se declaraba vencido sin
batalla previa. Arrufat es uno de los intelectuales que accede a su etapa
promisoria en los días iniciales de la revolución de 1959. Antes había
acompañado a los jóvenes que publicaban en Ciclón, pero eso corresponde
a su etapa prenatal. Fue en el semanario Lunes de Revolución donde cuajó
una promoción que colmaría el quehacer letrado de la segunda mitad del
pasado siglo. Tuvo como guía a Virgilio Piñera, que inscribió un carácter
expresivo, y un modo de interpretar la realidad, en una segmento de los
jóvenes escritores del período fundacional de la literatura de la
Revolución.
La narrativa cubana surge de dos grandes raíces. Un manantial es el
realismo costumbrista de Cirilo Villaverde, quien construye una gesta de las
relaciones sociales en la sociedad esclavista; el otro es Ramón Meza quien,
según ha dicho el propio Arrufat, inaugura una dimensión diferente de
nuestra literatura porque hay en él una voluntad de símbolo, "el deseo de
revelar el sueño y la realidad, trazando una obra donde estos dos planos de
la vida se intercalan en una interacción constante, intención que no existió
nunca en nuestra literatura del pasado". Villaverde concluye
una etapa en que predomina el realismo verista, donde los maestros son Manzoni y
Walter Scott. En tanto que Meza expone de manera alegórica el extravío de
ese mismo orbe. Donde Villaverde mueve todo un universo, Meza elige una
parte para representar la totalidad. A la puntualización rigurosa de
Villaverde, Meza contrapone la abstracción globalizadora. Donde uno usa
como método expositivo la más escrupulosa exactitud, registrando
prolijamente la nimiedad representativa, el otro es metafísico y construye
una alucinante idealización de la vida cubana. Meza está en mayor sintonía
con el carácter del arte del siglo XX. Es, en cierta medida, un antecesor
del expresionismo alemán, de los surrealistas, de Kafka, aunque sus maestros
hayan sido Pereda y Palacio Valdés. Villaverde es un epígono del realismo
decimonónico, no deja fuera de su narrativa ningún pormenor. Meza
prescinde de todo menos de lo esencial. Villaverde cierra un período, Meza
imagina más de lo que observa, anuncia una era. Virgilio Piñera se sitúa
en esta última corriente y Antón Arrufat se mueve dentro del ámbito de su
maestro. De una parte reciben el legado de Meza, Carrión, Labrador, Onelio
Jorge. De otra parte, la línea villaverdiana se continúa en Loveira, José
Antonio Ramos, Luis Felipe, Pablo de la Torriente, Serpa y Carpentier.
Piñera se ubicó en la atmósfera antijerárquica que rubrica un período
de arribismo, improvisación y desmenuzamiento de las instituciones. Su
irreverencia y su humor constituyen una respuesta a la desnutrición del
cuerpo social. Su armazón de símbolos se desprende de la necesidad de
analizar y juzgar, cuando no estaba permitido hacerlo con total autonomía
en una república limitada. Arrufat ha seguido esos pasos, insuflando su
andar y su propia visión a una manera asimilada. Toda su existencia ha sido
una refriega para ser admitido y después de haberlo alcanzado se pregunta
ahora si hay parte alguna a dónde llegar. Quizás su lapso vital ha estado
marcado por el influjo de esa tía que él confiesa andaba siempre buscando
un espejo porque de no ver su imagen reflejada le parecía que dejaba de
existir.
Los huracanes desmesurados arrastran en su vuelo, por igual, lo
compacto y lo quebradizo. Arrufat ha sufrido los traspiés de un proceso
social que, pese a sus aciertos y su liberación de energías, también ha
incurrido en yerros y desvíos. Su cordura ha permitido que no busque
labrarse una carrera a costa de la crueldad ajena y su prudencia le ha
sostenido con el seguro paso del mulo en el abismo. La lección de Piñera y
de Lezama a la cultura cubana consiste en habernos enseñado que ser
escritor no implica solamente la devoción a un oficio sino el cultivo de la
persistencia, el nervio tolerante y la permanencia avizora.
Ahora Arrufat nos gratifica con una nueva entrega, su novela "La
noche del aguafiestas" que comienza con el callejear de unos hijos de la
tinieblas, una tertulia ambulante, un repaso de lecturas en una atmósfera
pulida de catequésis para devotos con una poética de noctámbulos. La
lezamiana apología de las frutas, las remembranzas de Proust, el
descubrimiento de la hermosura pavorosa de los crepúsculos, el torneo
intelectual de estos diletantes, como un refinado y seductor ajedrez.
Suntuosamente escrita, tarea de orfebre de Tanagras, la novela se ilumina
con súbitos giros de la jerga popular en un texto de esmerada hechura, como
un relámpago sobre un iconostasio. La pasión por un cuadro de Madame
Recamier, la decadencia de un viejo (ocambo o carcamal, en cubano) que ha
visto tanta belleza que puede ya cubrirse los ojos, o las contradicciones
fraternas entre dos polos de un portentoso bifronte: las hermanas que se
enfrentan por alcanzar un cetro inexistente y la incineración de una imagen
fotográfica como una manera de modificar la realidad, son algunos
pasadizos por donde nos adentra Arrufat en su relato. Es obvio que los
recuerdos familiares se han trenzado a intuiciones y espejismos, con una
soltura que solamente un ubérrimo delirio puede proporcionar. Esta lectura
nos conduce a recuperar el asombro y disipar la incertidumbre y para ello
no basta con abrir las ventanas, hay que avanzar más allá y capturar el
sentido de la eterna batalla entre la penumbra y la luminosidad.
La ubicación de Antón Arrufat en las letras cubanas tiene una
invulnerable huella por su legado de un gozoso escape onírico
perfectamente construido. En uno de sus "Ejercicios para hacer de la
esterilidad virtud", Arrufat confiesa que soñar con una yagruma es más
bello que una yagruma, lo cual es una síntesis de su poética, y deja como
última súplica: "haz lo que quieras menos olvidarme". No lo haremos.
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