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EL TEATRO

Enrique Núñez Rodríguez  | La Habana

En mi pueblo no tuve referencias del buen teatro. Shakespeare era una rara leyenda inalcanzable. La ópera me parecía algo así como el golf: un entretenimiento para epatar burgueses. El ballet era cosa de maricones De las artes escénicas sólo conocía a los artistas de circo y a alguna que otra compañía de lo que llamaban bufo, y que no era otra cosa que el teatro popular cubano. Del teatro español sólo había visto, cuando salí de mi pueblo, a José María Behar, que interpretaba don Jacinto Benavente en una Malquerida, y peor interpretada, pieza dramática cargada de "cés" y "zetas". Eso sí, me enamoraba de todas las actrices jóvenes que pasaban por mi pueblo. La lista es larga. Digna Zapata, una bella mestiza recitadora, que terminó su vida en Mazorra, entonces un infernal almacén de locos; Nena, la rumbera del circo, una electrizante rubia que cantaba picarescas coplas en las que preguntaba al gallinero si serviría para la cumbancha, provocando explosiones de entusiasmo entre el público y oleadas de envidia entre las damas asistentes función. Yo la amaba en silencio, que es una de las maneras más bellas de amar. Alma Torres, contorsionista del circo Montalvo, mi inconfesado amor durante dos temporadas; Esther Borja me llegó por la vía la canción romántica con su Damisela encantadora; y Rosita Fornés, ya lo he dicho por otra parte, me trastornó con su belleza primaveral al cumplir, en mi pueblo, aquellos quince años de maravilla. Ella ha sido, de todos esos amores imposibles, el que más me ha durado. Nena se mantuvo, durante mucho tiempo, como reina absoluta de mis sueños de adolescente. Años después de haberla conocido, cuando la vida me permitió alternar con actrices y actores a los que admiraba desde lejos, durante una conversación en la que participaban Alicia Rico, Candita Quintana, Carlos Pous y Américo Castellanos, entre otros, hice referencia a mi rendida admiración por la bella rumbera, pregunté qué se habría hecho de ella, y expresé mi deseo de volver a verla. Ninguno de los cómicos presentes dijo nada, y creí observar cierta malicia en sus miradas. Ferrándiz, el viejo administrador del teatro, que había escuchado pacientemente los elogios dedicados por mí a la bella rumbera, y mi afirmación de que había vivido durante años enamorado de su recuerdo, me miró sonriente y me preguntó si quería volver a verla. "Naturalmente", le respondí, aceptando su gentil ofrecimiento.

Y poniéndose de pie, me dijo: "Si quieres vamos a almorzar con ella. Es mi esposa hace treinta años, tenemos cuatro hijos, yo la encuentro linda todavía, pero no es la misma Nena de la que tú te enamoraste". Nunca fui. Quise guardar el recuerdo de aquella Nena que estremecía la pista del circo mientras le preguntaba al gallinero, con la sonrisa más pícara del mundo, si serviría para la cumbancha.
 

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