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PURO HUMO

"¿Hay algo peor que un mal verso? Sí, un mal puro. ¿Y algo peor que eso? Un puro que se te muere entre las manos" asegura Guillermo Cabrera Infante en alguna parte de su último libro publicado en español. Después de leer Puro humo, parafraseando al autor de Tres tristes tigres, muy bien podríamos decir: ¿Hay algo peor que un mal puro? Sí, un mal libro. Sobre todo, si es un libro que habla sobre puros.

Manuel Henríquez Lagarde | La Habana  

"¿Hay algo peor que un mal verso? Sí, un mal puro. ¿Y algo peor que eso? Un puro que se te muere entre las manos" asegura Guillermo Cabrera Infante en alguna parte de su último libro publicado en español. Después de leer Puro humo (1) ( Alfaguara, 2000), parafraseando al autor de Tres tristes tigres, muy bien podríamos decir: ¿Hay algo peor que un mal puro? Sí, un mal libro. Sobre todo, si es un libro que habla sobre puros.

Por supuesto que el tabaco es inocente. Sobre dicha materia se han escrito verdaderas obras maestras. Precisamente por eso, si algo además de su excelente portada me incitó a leer Puro humo, fue el deseo de saber cómo el Premio Cervantes de 1997 asumía el tema después de esa obligada referencia que es Contrapunteo cubano del azúcar y el tabaco del sabio cubano Fernando Ortiz. Unas pocas páginas bastaron para notar que, a pesar de su atractiva nota de contracubierta, la última entrega del autor de Una Habana para un infante difunto tenía, ya fuera respecto al tema o desde el punto de vista literario, muy poco que aportar.

"Puro humo es varios libros a la vez: una historia del tabaco que empieza con su descubrimiento por un marino de la nave capitana Rodrigo de Jerez, es además una celebración del tabaco y del fumar esa hoja extraña -y una rapsodia en que intervienen el cigarrillo y la pipa. Pero es más que nada una crónica erudita de la relación entre el puro y el cine. No es por gusto que en la portada aparezca Groucho Marx en su sofá a la espera de su musa -o de un analista. En realidad Groucho quiere que alguien le de fuego a su habano. Este libro lo hace por él para convertir al puro en fuego y ceniza", afirma el propio Cabrera Infante, con su habitual modestia, en la contraportada del libro. 

En realidad, más que muchos libros, Puro humo es uno solo, largo, inflado y monótono, cual si se tratase de una vitola hecha de una sola hoja. La definición del autor (téngase en cuenta el estratégico sitio donde está colocada), no es más que una forma de justificar el collage, sin orden ni concierto, de fragmentos de historia, citas literarias y, sobre todo, del aluvión de referencias a películas (189 en total) con las que se topará el lector a lo largo de sus interminables quinientas páginas. 

Sin ninguna división en donde se pueda respirar aire puro (el libro no está dividido en capítulos), esa vitola que no cesa de apagarse una y otra vez en las manos del lector, encaja muy bien en el concepto de estructura del escritor: "Hay una falla en mi estructura. Quizás porque mis libros son producto del desorden, la construcción por el caos. Yo no quiero representar nada: presento algo". 

Lo presentado en este caso, como ya se nos anuncia en la citada nota de contraportada, es un recuento histórico de unas cuarenta páginas sobre el descubrimiento del tabaco en donde lo más importante parece ser el lugar donde ocurrió el hallazgo: Gibara, un norteño poblado holguinero y ¿casualmente?, lugar de nacimiento del autor. Cabrera Infante, además de hablar de sí mismo y su familia, (por lo visto, él sin dudas considera muy importante que el lector conozca quién fumaba o no entre sus ancestros)(2), aborda otros temas como los tipos de vitolas, el lector de tabaquería, sus envases, anillos, etcétera. 

Todo ello, con la profundidad necesaria para que los principales destinatarios para quien fue concebido este texto: los neófitos lectores ingleses y norteamericanos, se enteren de qué es una vega o una fábrica, así como de los detalles de la siembra y confección de los puros. El libro se extiende ( y la palabra no puede ser más precisa; evidentemente Cass Canfield Jnr, de Harper & Row, le pagó al autor por cantidad de palabras) en referencias al rapé, los cigarrillos, las pipas, los encendedores y cerillas.
El lector puede enterarse también de la visita que realizó a la casa del autor un lord inglés, a quien le ofreció un Montecristo y ni siquiera le dio una fumada, de la publicidad londinense del tabaco o de las andanzas del "experto" en puros por algunas tiendas de Londres: en las que hay, por supuesto, muchas cajas de puros, o por las vegas de tabaco de Miami. Todo esto, como ya dijimos, salpicado de referencias históricas o citas tomadas de escritores, pero, muy especialmente, vistos a través de la "erudita" cultura cinematográfica de ese conocido crítico que es Caín.

Para quienes hallan leído Arcadia de noche o Cine o sardina esto último puede resultar tal vez un tanto atractivo. Pero mejor no hacerse ilusiones. La erudición de Caín, a diferencia de lo que ocurre en sus mejores ensayos sobre el tema, se limita esta vez a recordar momentos de filmes en donde alguien aparece con un tabaco o hace mención al hábito de fumar.

"Los cigarrillos son para las mujeres -¡y pueden ser un peligro! Pero también lo fuman los duros. Algunos héroes de series negras lían sus propios pitillos para parecer pétreos. Nada de Camels de blandas jorobas para mí, bonita. Mr. Hardboiled Hero, el durísimo Humphrey Bogart que es Sam Spade, aparece liando un cigarrillo al comienzo de El Halcón Maltés (The Maltelse Falcon). Está tratando de liar el primero del día, una operación que requiere calma, lujo, tranquilidad y voluptuosidad después de haberle echado huevos duros (claro está) al estómago con peligroso café negro encima. Así aparece Bogie enrollando mientras la cámara rueda cuando entra la fiel miss Perine. Es su secretaria. También es Effie, la chica que llama Sam a Spade. Viene a anunciar visita: hay otra chica que desea llamar a Spade a Sam. Está buenísima, dictamina ella, un veredicto que suena extraño en una mujer, a menos que sea de uso facultativo. Parece que la que está buenísima viene a dar trabajo. Es la fatídica Brigid O'Shaughnessy que se esconde bajo un alias disperso, diverso. "Que venga", musita Sam. "Déjala que venga", todavía ocupado con el primer rollo del día: el duro arte del lío."(3)

Como se ve, el Cabrera Infante de Puro humo, quien siempre ha visto en el cine el arte perfecto para hacer asociaciones, en este caso, castrado de ideas (ya sea sobre -o por- el tabaco o el cine) no asocia nada; solo presenta, rescribe filmes con sus palabras, especialmente, aquellos que todo el mundo recuerda. Quizás, esto tenga que ver algo con "el secreto de la narración" que el autor creyó descubrir hace ya varios años. En una entrevista publicada en 1981, tal vez en medio del proceso creativo de Holly smoke, Cabrera Infante afirmaba:

"A veces la gente (mujeres sobre todo) cree que las saludo efusivamente, pero se trata más bien de ciertos temblores. Provienen de la época -entre el 72 y el 75- en que estuve loco. Estuve muy loco: ya no me importa contarlo. Primero ataques de parálisis y de amnesia. También depresión clínica, que no tiene nada que ver con la depresión corriente. Y esquizofrenia. También tuve ataque de euforia en los que me creí el dueño de los mayores secretos del mundo. Un día fui a buscar a mi mujer al aeropuerto y la llevé corriendo a casa para mostrarle el televisor: creí haber encontrado el secreto máximo de la narración. Mi mujer se preocupó por mi mirada, pero sobre todo por lo que le mostré (una vulgar serie USA) era una estupidez".(4

No hay que descartar, sin embargo, más allá de las secuelas de los dieciocho electroshock y de los tratamientos con sales de litio para la cura de la esquizofrenia recibidos por esa época, que la intención narrativa de Infante parta de un modo muy peculiar de concebir el ejercicio de la crítica cinematográfica. Alguien que afirma públicamente, sin el menor asomo de pudor, que Bergman, Godard o Antonioni "cometen crímenes contra el cine en nombre de la angustia", no es extraño que declare detestar lo profundo y admirar lo vulgar: "Soy bastante esteticista, aunque sea también un admirador de lo vulgar (...) Lo más vulgar es el cine y lo remata el más vulgar sistema de comunicación jamás inventado, que es la televisión, esa especie de radio sin imaginación. (...) No hay nada más profundo que lo superficial"(5).

Leyendo Puro humo, uno se da cuenta de qué es lo que el escritor quiere decir cuando confiesa: "El cine me ha deformado". Evidentemente, el séptimo arte (como terapia para la depresión que incesantemente lo agobia, Caín suele ver de dos a tres películas diarias), además de sin ideas, lo ha dejado sin imaginación. Al gran Cabrera Infante de Tres tristes tigres y La Habana para infante difunto sólo le queda su peculiar estilo. Pero en este caso, en vez de una atenuante, resulta, en medio de toda esta humareda de superficialidad, un serio agravante.

A lo mejor consciente de lo fútil que puede resultar colocar una referencia detrás de la otra sin desarrollar ninguna asociación o análisis, salvo alguno que otro traído por los pelos, el escritor trata quizás de ocultar lo endeble de su texto con una cortina de humo de recursos estilísticos que, según asegura, ha convertido en su sistema de creación. Es tan exagerado el uso, o mejor, el abuso, de la aliteración, la paranomasia y el retruécano que luego de una docena de párrafos el lector tiene la sensación de, en vez de estar leyendo un libro, encontrarse enfrascado una interminable partida de scrabble. 

Tal es así, que si el libro demoró su salida en lengua castellana durante quince años se debió sobre todo, a que, como apuntó un cronista del diario español ABC hace más o menos un lustro: "aún no ha llegado el momento, once años después de ver la luz, de que alguien consiga traducir Holy smoke al español. Muchos lo intentaron sin éxito porque el constante juego de palabras resulta tan endiablado que sólo el propio autor sería capaz de acometer esa traducción."(6) Algo que dice bastante, más que del autor, del traductor.

Como ha comentado en otras ocasiones Caín, comete tal "cantidad de paranomasia y aliteraciones para provocar". "Los juegos de palabras están allí para ayudar al lector a alejarse de mis libros".(7) En Puro humo, sin dudas, este propósito lo consigue por partida doble. No solo porque el uso de estas formas llega a convertirse en un constante traspié para los ojos y el entendimiento, sino porque ese reiterado juego (Cabrera Infante también se ufana de no ser nada serio) no parece ser el más recomendable en una obra con ciertos visos de ensayo. Tantas bromas, si por un lado acreditan al autor como un pésimo cómico de vodevil, por otro, desacredita, ante los lectores, la veracidad de su texto. Al final, y especialmente debe sucederle al lector menos enterado, puede que este se pregunte si está ante un libro serio, un manual de scrabble, el infinito guión de un showman de cabaret nocturno o los desvaríos de un loco encaprichado en emular a Montaigne.

Puro humo culmina con una suerte de anexo titulado "Ta vague literatura" conformado por las sobras de esta sui géneris investigación: recopilaciones de fragmentos de libros, artículos y citas que al parecer el autor no supo asociar o encajar en ese largo e inflado discurso cuyo único fin parece ser aumentar las ganancias de un sustancioso contrato.

En su introducción a esta suerte de coda, y previendo tal vez más de una crítica adversa, el escritor sale en su propia defensa cuando afirma: "esos borrones que hacen de mi escritura una vaga literatura, una vana gloria, una vana causa -aunque algunos sugieran que es, más bien una vena humorística viciosa: son aquellos que entre el humo y el humor no distinguen la "r" (8). Y tiene razón Cabrera Infante, sobre todo, si se tiene en cuenta que, a lo mejor por defectos de la traducción, en su libro la "r" suena como una "h". 

Por otra parte, aún cuando dicha obra trata sobre un tema tan cubanísimo como el tabaco, Puro humo deja entrever que el escritor con mayúscula que se marchó de Cuba en el esplendor de su carrera anda perdido ahora en la densa niebla (¿o sería mejor decir humo?) del desarraigo. Al londinense Cabrera Infante no sólo, por razones de tiempo, le falta contacto con la realidad de la isla, sino que hasta ha renunciado al lenguaje que tanta fuerza y originalidad le dio a sus mejores obras. De acuerdo con sus confesiones, Londres le "ha enseñado un idioma, el español, que no sabía, escribía en cubano y no tiene sentido exhaltar un dialecto si existe la lengua." 9Ahora Cabrera Infante ya ni siquiera escribe en español, sino en inglés, algo de lo que además se enorgullece (10).

Esto último no es de extrañar en alguien que siempre, menos cuando le convino, ha renegado de sus días de "Un rato de ten meallá". El chino amulatado o el mulato achinado, a fuerza de querer convertirse en inglés, casi lo ha conseguido. Y luego de sus Tres tristes tigres y La Habana para un infante difunto, su fama se ha acrecentado más por su faceta de difamador político de la Revolución Cubana que por la de escritor. 

Con alguna que otra diatriba de ese tenor, Puro humo demuestra que, como bien escribió alguien, si no hubiese triunfado la Revolución Cubana, Cabrera Infante "seguiría todavía escribiendo unas croniquitas de cine en la revista más sonsa de Cuba y recorriendo la calle Obispo, arriba y abajo, con un libro en el sobaco, presumiendo de su importancia y cobrando sueldos probablemente en alguna oficina del Estado, como solían hacer todos los periodistas que no lograban triunfar" (11).

No obstante y para no parecer imparciales, es justo reconocer el mayor mérito de ese libro: su título. ¿Será otra cínica broma de su autor? No lo sabemos. Pero de lo que sí estamos seguro es de que el libro no es más que eso: puro humo. 

Notas
1 Holy smoke es el título de la edición en inglés de 1985
2 "Trabajo sobre mitos: el de la ciudad, el del cine, sí. Tiendo a mitificar y, de paso, me mitifico a mí mismo." Guillermo Cabrera Infante, "Guillermo Cabrera Infante: "Detesto la profundidad y admiro lo vulgar""El Noticiero Universal, julio del 81, pag 25
3 Cabrera Infante, Guillermo. Puro humo. Madrid, Alfaguara, 2000, pag 174
4 Guillermo Cabrera Infante: "Guillermo Cabrera Infante: Entre La Habana y la locura" La Vanguardia, 5 de agosto de 1981
5 Guillermo Cabrera Infante, "Guillermo Cabrera Infante: "Detesto la profundidad y admiro lo vulgar""El Noticiero Universal, julio del 81, pag 25
6 Julio Fernández: "Guillermo Cabrera Infante: "En Cuba sólo funcionan bien la policía y la propaganda"" ABC, 3 de noviembre 1996
7 Guillermo Cabrera Infante, "Guillermo Cabrera Infante: "Detesto la profundidad y admiro lo vulgar""El Noticiero Universal, julio del 81, pag 25.
8 Cabrera Infante, Guillermo. Puro humo. Madrid, Alfaguara, 2000, pag 375.
9 Guillermo Cabrera Infante, "Guillermo Cabrera Infante: "Detesto la profundidad y admiro lo vulgar""El Noticiero Universal, julio del 81, pag 25
10 "Confieso que me da cierto placer utilizar el retruécano, pero en castellano no suele hacerse mucho, se considera algo barato, aunque para mí deja de serlo cuando es un sistema de creación. En inglés hay más tradición en este sentido" Xaviert Moret, "Guillermo Cabrera Infante: "Admito que estoy deformado por el cine" El País, jueves 11 de septiembre de 1997. pag. 25
11 Luis Ortega: "El mundo alucinante de Cabrera Infante", La Prensa, Nueva York.

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