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ÁNGEL DE LOS ARRABALES

Lisandro Otero | México

La muerte de Jorge Amado, el más conocido de los escritores brasileños, acaecida ayer, culmina una etapa en la historia de nuestro continente. Su vida, transcurrida durante la mayor parte del siglo veinte es como un gran repaso de los principales acontecimientos de esa era: dos guerras mundiales, la revolución de octubre, el estalinismo, la guerra fría, la revolución informática, la masificación de la lectura.
En un tiempo en que el ser humano fue perdiendo su diferenciación, cuando la uniformidad nos cubrió con un manto de nivelación social y se comenzaron a perder las aristas de la individualidad, Jorge Amado escudriñó en los meandros de la originalidad popular. De esa búsqueda surgieron decenas de personajes del folk de Bahía, de la vida de >la cultura yoruba, de los mulatos del nordeste brasileño, de la sensualidad y la relajada blandura de un rincón de la cultura de habla portuguesa. Y en ese espejo se vio reflejada una importante esfera de la vivencia vulgar, del ciudadano común que no aspira a una estatua en los parques sino transcurre tranquilo al pie de los monumentos. La desaparición de Amado, nos reanima la noción de la fuente popular como mayúsculo alimento de la imaginación literaria. Eso fue lo que hicieron Mark Twain y Dickens. Es evidente que no es el único abrevadero posible porque Tolstoi se nutrió de príncipes, Carson McCullers de discapacitados, Proust de burgueses y Hemingway de aventureros y todos esos universos tienen igual validez. El compromiso político de Amado comenzó con su afiliación de Partido Comunista y continuó con sus luchas en el parlamento brasileño y sus numerosos presidios y exilios por causa de sus luchas sociales. Fue un eterno candidato al Premio Nobel, que nunca obtuvo, quizás, como señalan hoy sus obituarios, porque la Academia Sueca no le perdonaba haber obtenido el Premio Stalin en 1951. 
Pero en 1956, tras el informe Kruschov al XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, donde se denunciaron las transgresiones de Stalin a la legalidad socialista, tomó una distancia de sus anteriores posiciones y se consagró, de manera más integral a la literatura, aunque nunca abandonó sus convicciones democráticas ni sus aspiraciones al logro de la justicia social. 
Su estilo narrativo, ligero y pleno de ingenio y gracejo, le atrajeron el favor de las multitudes y sus libros se leyeron en ediciones millonarias en traducciones infinitas, en reconocimientos y galardones sin medida. Personajes como los de "Gabriela, clavo y canela", "Tieta de Agreste" y "Doña Flor y sus dos maridos", dieron lugar a un culto a su capacidad de absorción del donaire popular y la vitalidad y dinamismo de los arrabales. 
Su popularidad desbordante dio lugar a que con su nombre se bautizaran marcas de cigarrillo y aguardiente, hoteles y bares de moda, teatros, avenidas y parques, fue un caso singular de adoración colectiva con el cual se le pagó su devoción a los tipos y ambientes populares de su amada Bahía. Su obra estuvo poblada de coroneles y bandidos, anarquistas y poetas, marinos y fantasmas con lo cual dio vida a una vasta aldea de hechuras de su imaginación, figuras enriquecidas por aflicciones y martirios, ternuras y esperanzas, que le otorgaron esa hondura humana que tanto contribuyó a su extendida aceptación.
Le conocí hace muchos años, en el portal de Pablo Armando Fernández, y me impresionó su bonachón aspecto de ángel rubicundo, su simplicidad inocente, su voracidad por todo lo humano. Al morir especificó, en su última voluntad, su deseo de que sus cenizas fueran mezcladas con la tierra al pie de un árbol de mangos en su jardín. En su afable campechanía no concibió mejor forma de inmortalidad que ésa, quizás porque desconfió en la que le concederá los treinta tomos de sus obras completas.


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