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DIA DE REYES

Enrique Núñez Rodríguez

Era día de Reyes. La primera impresión que tuve de La Habana fue la de un barullo que me mareaba. La calle Monte estaba llena de gritos. Los vendedores de juguetes se disputaban la atención de los posibles clientes, pregonando su mercancía por entre un río desbordado de pueblo. 

De cuando en cuando, profanando el ambiente místico de Melchor, Gaspar y Baltasar, una fletera rubia y pintarrajeada ofrecía también su mercancía, con pícaras señitas que no había visto jamás en mi pueblo natal, donde una sola prostituta ejercía su antiguo oficio con discreción vergonzante. Hoy puedo confesar con absoluta sinceridad, que en aquello tiempos me interesaban más las fleteras de La Habana, que una sección de la Muralla de La Habana. Y se explica. En mi pueblo lo que sobraban eran ruinas. Lo que no teníamos era fleteras.

Como no estaba acostumbrado al ruido, abandoné la calle Monte y refugié mis cansados huesos en el Paseo del Prado. Creo que fue el primer lugar de La Habana que logró de mí una especie de amor a primera vista. Nunca había contemplado justos tantos hombres de saco y corbata, ni tantas mujeres con sombreros. Formaban una ola humana que se movía de La Punta a Neptuno y de Neptuno a La Punta, con vista obligada al poeta Zenea. Los durofríos de a dos centavos de variados sabores, mitigaban la sed de los que entonces no podíamos entrar en el Floridita (ni ahora tampoco). Quise aventurarme algo más en La Habana. Me hubiera gustado, sentarme en el Salón H, famoso entre los políticos de mi pueblo, porque era el único lugar en La Habana en el que se podía cambiar un cheque a cualquier hora del día o de la noche. Pero no tenía ningún cheque que cambiar, por lo que la vidriera de Lores me resultaba indiferente.

Otro atractivo no muy lejano, era el Teatro Nacional, en el que, según referencias, había actuado el tenor italiano Enrico Caruso. Quien, según las malas lenguas, hizo estallar un petardo durante su actuación, porque ya no podía dar un agudo famoso de la ópera que cantaba.

Ante tantas "opcionales", como dicen hoy los que atraen al turismo y destruyen el idioma, me decidí por la que se avenía con mis apetitos de joven insatisfecho y, de pronto, me vi bailando el pasodoble Currito de la Cruz con una fleterita arrugada y olorosa a Maderas de Oriente en la Academia de Bailes de Marte y Belona.

 

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