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ESTHER BORJA

Manuel Villabella | Camagüey

  Galeria de fotos de Esther Borja.


Esther Borja ha sido entrevistada tantas veces que, segura estoy, podría dar clases al más versado periodista. La gracia de una plática con ella debe estar, entonces, no tanto en lo inédito del tema como en las circunstancias de sus palabras. Se trata, simplemente, del testimonio de una de las personalidades emblemáticas de la cultura cubana, casi nonagenaria sobre los asuntos que siempre preocupan a todo artista.

Lejanos están los días de sus inicios, allá por la década del treinta, "como por lo general comienza casi todo el mundo, pues las personas que quieren ser artistas lo son desde que nacen. Mi mamá era muy exigente y me pidió que hiciera una carrera antes de dedicarme al teatro. Figúrate, en esa época los padres pensaban que el arte era un camino a la perdición. La complací y estudié magisterio. Ella era muy exigente y a la vez muy comprensiva: cuando se dio cuenta de que yo iba por el camino del arte, me puso a estudiar música en el Centro Gallego, donde me hice profesora de solfeo y teoría. Hice solo hasta cuarto año de piano, porque las exigencias de mis estudios de magisterio me impedían mantener ambos cursos".

En los altos de su casa había una emisora de radio donde pudo iniciarse como aficionada: "En plena huelga estudiantil contra Machado, ya a punto de graduarme, decidí trabajar en la emisora. Allí conocí a Elisa, hermana de Lecuona. En otra emisora, la CMCA, conocí a un hijo de Ernestina Lecuona, al papá de Leo Brouwer. Todos simpatizaban con lo que yo hacía y siempre me decían "Si Ernestina te oyera", pero nadie me llevaba a conocerla. Me decidí entonces a ir yo solita. En ese momento Lecuona estaba en España. A su regreso, él también me escuchó. Me sugirió que estudiara canto y hasta recomendó el profesor, lo que yo acepté inmediatamente. Así se inició una amistad que duró hasta su muerte. Un día, me trajo de regalo las canciones con versos de Martí que había hecho pensando en mi. Las estrenamos el 26 de febrero de 1935 en la sociedad El Liceo. Esa fue la primera vez que canté con él, como digo yo, en serio. Me propuso hacer teatro. Después de no vacilar pero sí de consultar con mi mamá -aunque a fines de cuenta ya era maestra, había cumplido mi compromiso con ella- le respondí que sí. Fue entonces cuando compuso para mi "Damisela encantadora", pieza que se estrenó el 13 de septiembre de 1935, fecha que yo considero mi debut en el teatro .Fue ese también el inicio de un amplio periplo, por "esos mundos de Dios": toda América del Sur, salvo Bolivia, y por Estados Unidos y Europa.

Pero significó, sobre todo, un amplio contacto con los más variados públicos: "Que no se tome esto como vanidad: yo no he tenido ningún público malo. El público es bueno o malo de acuerdo con el trabajo que desarrolla el artista: hay públicos más ardientes que otros, eso sí. Por ejemplo, el público norteamericano es muy entusiasta El argentino y el español fueron adorables conmigo. Yo me siento muy feliz con el cariño de mi público. De una pequeña salida a la ciudad son muchos los besos que traigo en la cara. Es que mi trabajo ha consistido en eso: en hacer feliz a la gente".

Cuando se piensa en Esther Borja es imposible no pensar en "Album de Cuba", programa que se mantuvo en el aire durante más de veinte años. "Todavía encuentro personas que me preguntan por qué desapareció Album de Cuba. Una vez me pasó algo muy curioso después de una actuación en Las Villas. Al irnos, un negrito de unos doce años se empina por la ventanilla y me dice: "Señora, usted es Album de Cuba". Fíjate que interesante, el programa no solo había llegado hasta allí, sino que hasta me había echo perder el nombre."

El programa, por el que muchos de mi generación conocimos a Esther Borja, no era un simple agregado de canciones: "Cada emisión tenía un tema. Así, aunque siempre era Album de Cuba, los programas se diferenciaban entre sí. Un día en uno especial dedicado a la mujer, le pedimos a José Antonio Portuondo que hiciera la presentación." Lo que, pienso yo, habla a favor de la estima que en el mundo intelectual cubano llegó a tener el programa. "Una vez me pasó algo muy curioso. Fuimos al Instituto de Literatura y Lingüística a entrevistar a Mirta Aguirre. Como ella sabía que yo había participado en la lucha contra Machado, que había firmado el manifiesto del Ala Izquierda Estudiantil, fui yo la entrevistada. Eso casi nadie lo sabe: es difícil imaginar a la damisela encantadora en esos trajines".

Es casi una tentación preguntar a Esther sobre la difusión del arte lírico en Cuba en la actualidad: "Para gustar del arte lírico hay que conocerlo. Sino pasa como conmigo y las Matemáticas: no me gustan porque no las conozco. Uno puede preferir algunas cosas; sin embargo, no tiene porqué negar los valores de lo que desconoce. Uno siempre debe ser respetuoso. El arte lírico debe, entonces, difundirse más.

"Yo me especialicé, por cuestión de gusto, en la canción cubana. Lo mismo cantaba a Guzmán -Guzmán es una cosa aparte en la música cubana, no es ni popular ni clásico, es un músico integral, su factura es muy moderna, muy nueva, muy buena-, que cantaba a Sindo Garay, Rosendo Ruíz, Corona, Mario Fernández Porta. Nosotros hemos tenido muy buenos músicos y muy buenos compositores. Por eso me duele tanto que la canción no esté presente más a menudo en la televisión cubana. Es una pena enorme que la generación actual no conozca a un lírico como es Mario Fernández Mulens, por ejemplo, tiene una Romanza de la despedida que envidiaría cualquier compositor. Por eso duelen tanto esas ausencias en la televisión."

A esta altura del diálogo decido arriesgarme a recibir un zapatazo en la cabeza. "Arriba, pregunta." Con risas responde a mi timidez: "Ay, hija, era eso. Mira, todas las edades tienen su encanto. Estoy perfectamente satisfecha. Me he casado tres veces, tengo mi hija, tres nietos, dos biznietos y un tercero que viene en camino. La vejez no ha significado una cosa extraordinaria para mí porque, por suerte, con 87 años tengo mi mente muy clara y magnífica salud: no padezco de nada. Yo le diga a Cuca Rivero, con quien trabajo muy a menudo en muchos concursos, que nosotras no somos viejas porque vieja, es una cosa que se tira a un rincón, pero como nosotras estamos rindiendo una labor todavía, no se sienten llegar los años. No te voy a decir que me encantaría ser joven toda la vida. Yo pienso que al llegar a los cuarenta, cuando estamos en plenitud, la naturaleza debiera detenerse, y seguir así, cumpliendo años pero sin envejecer, con el cutis terso; y eso que yo, mírame, no soy tan arrugada...

(Publicado en el periódico Adelante, 7 de abril de 2001)

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