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LINO NOVÁS CALVO, RECOBRADO 

"Ahora comienzan a reeditarse sus obras en Cuba, quizás debiera decir más apropiadamente que se están editando por primera vez, ya que todos sus libros tuvieron que ser publicados en el extranjero antes de la Revolución debido a la ausencia de una industria editorial nacional. Lino Novás Calvo pertenece por derecho propio -a pesar de sus incongruencias ideológicas y su abandono del suelo patrio-, a la cultura nacional." 

Lisandro Otero | México

En septiembre de 1951 Salvador Bueno impartió una conferencia sobre el escritor Lino Novás Calvo en la sociedad Nuestro Tiempo. Ese mes los recursos de la Sociedad no alcanzaron para pagar la factura de la electricidad y cuando comenzaba la disertación se produjo un apagón que nos dejó sumidos en una relativa oscuridad. La iluminación que nos llegaba desde la calle mostraba que aquel local era el único interrumpido: no se trataba de un corte generalizado sino un humillante anuncio de nuestra inopia. En la penumbra aparecieron varias cajas de velas y atendimos el discurso envueltos en un ambiente de bujías crepusculares.
Recuerdo que fundamos la Sociedad en una noche de 1950 en un aula del Conservatorio Municipal de Música. No pasábamos de dos docenas quienes nos reunimos allí. Se leyó y firmó un manifiesto algo retórico. Nuestro Tiempo fue un intento de los jóvenes intelectuales de mi generación para enfrentar colectivamente la incuria oficial hacia la cultura, para definirnos en torno a la expresión de la identidad nacional, para acercarnos al compromiso político mediante un acentuado humanismo.
Lino Novás Calvo no pertenecía al mundo de los clérigos de la cultura pues se había autoexcluido de toda ortodoxia y vivía apartado. Ese extrañamiento, su exilio interior, nos lo hacía mas simpático pues no compartía el festín con los depredadores.
El quince de septiembre de 1951 publiqué en el periódico Excelsior un artículo titulado "Proyección de Lino Novás Calvo", en el que me refería al recién efectuado homenaje de los jóvenes como "sintomático de una depuración y revisión de valores que la nueva generación está haciendo". Decía entonces: "Se le empieza a reconocer, por lo menos entre la gente joven, como la figura literaria mas importante en lo que va del presente siglo y una de las mas logradas de toda nuestra historia... Ha contribuido a introducir en todos los pueblos de habla hispana la lectura de los modernos autores anglosajones: William Faulkner, D.H. Lawrence, Ernest Hemingway, John Dos Passos, Aldous Huxley, etc., cuya influencia se ha dejado sentir fuertemente sobre las recientes producciones literarias cubanas... Muy pocos, en la historia cultural de Cuba, han introducido corrientes de ideas y de estilos en la forma en que él lo ha hecho. Esa transfusión quizás salvará a la literatura cubana del anquilosamiento... Es un caso único de presión involuntaria y total sobre una generación..." Después comenté su última y sombría etapa, en la que su fuerza creadora se había desvanecido con la irrupción de un escepticismo devastador.
Una semana después de haber publicado mi artículo recibí una carta de Lino Novás donde me decía: "Con agradable sorpresa y gratitud he leído el artículo que me dedica en El País. Cargo a su fervor juvenil lo que hay de excesivo en el elogio y agradezco muy sinceramente su generosidad. Por su medio quisiera hacer extensiva esta gratitud al Grupo Nuestro Tiempo por las atenciones que ha tenido hacia mi. Mis votos más sinceros por que realicen ustedes la obra literaria que nosotros, los de la generación precedente, no hemos podido realizar." 
Esta última línea es sintomática de la frustración en que vivía sumido entonces. Más tarde supe que su depresión había comenzado por una toma de conciencia de su desajuste social. Era profesor de francés en la Escuela Normal, donde fue nombrado durante el gobierno de Grau San Martín, y sufrió un infortunio burocrático: fue cesanteado cuando la presidencia de Carlos Prío. Planteó en el Ministerio de Educación su restitución pero no fue atendido. Acudió inútilmente al ministro Aureliano Sánchez Arango. Golpeó contra inconmovibles paredes administrativas. Para colmo, cierto día un ujier le tumbó de un manotazo su sombrero de pajilla, advirtiéndole que debía tener mas respeto y descubrirse en las oficinas del señor Ministro. Esto le pareció el colmo de la afrenta.
"Experimenté un trauma psicológico", me confesó después; requirió de algunas de las personas mas notables de la inteligencia cubana para una cosa nimia y no lo sirvieron. "Entonces me dije que yo no valía nada y lo que hacía no valía nada tampoco. Lo que se escribe es una mercancía que si no tiene demanda -ni siquiera entre la gente culta-, uno no tiene trascendencia y no puede seguir haciendo lo que no es aceptado."
Ser escritor era una categoría superflua, insignificante y desdeñable. Cualquier ávido mercader, el mas inservible chupatintas oficinesco, un incapaz cacique de partido político, recibía mas lauros y gratificaciones y detentaba mayor autoridad y prestigio. Se sumió entonces en un estado de ánimo taciturno, comenzó a beber en demasía y su agobio y su desesperanza le impidieron escribir de nuevo. Se dedicó únicamente a sus traducciones y finalmente se ubicó como jefe de redacción de la revista Bohemia.
Fue allí que le conocí un tiempo después. Me aventuré hasta su mesa de trabajo situada, junto a la de otros redactores, en un salón oscuro del viejo edificio de la calle Trocadero. Llevaba en la mano una colaboración para la revista. Confieso que me obligué a vencer mi cortedad debida al deslumbramiento que me suscitaba el gigante de las letras cubanas. Para mi sorpresa el gigante resultó ser un hombre enclenque, de voz tenue y quebradiza, con inmensos espejuelos redondos que le prestaban un aspecto de azoro permanente, concordante con su tímida acogida. Vestía criollamente de guayabera y lazo de mariposa. 
En los años venideros le frecuenté en la redacción de la revista donde sosteníamos largas conversaciones. Intenté llevarle alguno de mis cuentos pero me desalentó aconsejándome que desistiese de la literatura. Me resultaba sumamente aflictiva esa recomendación viniendo de quien tanto apreciaba. Siempre leyó con desinterés mis reportajes y crónicas y nunca me hizo sugerencias; ejercía con apatía y desgano su función. Aparentemente se ocupaba de un oficio para ganarse el pan cotidiano y nada más.
Con nuestras charlas informales fui confeccionando un listado de tópicos y un día me aparecí ante él con una gigantesca grabadora de cinta (aun no se habían inventado las de casete), y comenzamos a repasar los temas de nuestros diálogos ante un micrófono. Intenté escribir un texto sobre su vida y su obra, pero las circunstancias lo impidieron: transcurrían los últimos y mas violentos tiempos de la dictadura batistiana y no estaba el horno para bizcochos, así que el proyecto quedó trunco aunque conservé la cinta grabada que doné, muchos años después, al Archivo de la Palabra de la Casa de las Américas.
En nuestro intercambio indagué sobre el punto de partida de su creatividad: ¿su invención se desataba con temas o caracteres? Confesó que casi siempre un hecho dramático -una mala impresión- se albergaba en él y se confundía con otras sensaciones y remembranzas hasta que pugnaba por salir en una objetivación. El relato "Un dedo encima" (que recibió el Premio Hernández Catá en 1942), surgió de una visita a casa del pintor Carlos Enríquez. Se habló de un muchacho que le recordó a otro que él conocía en el barrio de Pueblo Nuevo y de una simbiosis de ambos surgió el protagonista. El argumento lo montaba después sobre la base de la primera percepción.
En su narrativa predominaba la acción porque de ideas no sabía nada, dijo, aunque de acción sabía demasiado. Las ideas tienen otro medio de expresión en el cual la novela no debe incursionar. En ese error han caído grandes novelistas como Thomas Mann. La cualidad principal de un escritor era, desde luego, la imaginación. También se necesitaba el estro poético y un olfato para la armazón, una mente que supiera construir.
Uno de los problemas mayores de sus experimentos literarios -al fin y al cabo, afirmaba, toda su obra era una sucesión de experimentos-, lo constituía el balance entre el diálogo y la narración. El diálogo tiene una dificultad: para ser fiel debe ser necesariamente pedestre. La narración pura, la simple exposición de hechos, puede resultar demasiado densa. Se sentía mejor narrando porque disponía de más libertad.
No creía que había novelísticas sino novelistas. En nuestro mundo caótico hay novelas de todos los géneros y demasiadas escuelas para que se establezca ninguna coherencia. Podía haber una actitud común en determinados grupos de literatos que les otorgase cierta uniformidad dentro de la variedad.
En Francia había dos escritores fundamentales: Malraux y Celine. En Estados Unidos: Sherwood Anderson y Hemingway. También admiraba a Eric María Remarque. Según Salvador Bueno, otros autores que le influyeron profundamente fueron Gorki, Caldwell, Steinbeck, Panait Istrati y Conrad. Realizó excelentes traducciones de Faulkner y Balzac. Su versión de Contrapunto de Aldous Huxley aún es considerada la mejor en lengua española.
El autor que mas le impresionó, cuando comenzaba a escribir, fue Anderson y de él, su Winesburg, Ohio. Estudiaba inglés y esa obra le cautivó por la sencillez de su estilo y la construcción de sus personajes. Le envió una carta al autor; le respondió y sostuvieron una correspondencia. La Biblioteca del Congreso le solicitó, años después, las cartas de Anderson pero las había perdido.
Lino Novás fué uno de los pocos amigos cubanos de Ernest Hemingway. Le frecuentaba en la finca Vigía y tradujo al español El Viejo y el Mar. A Hemingway lo estimaba un clásico. Su forma era bastante innovadora, "sobre todo esa manera que tenía de usar monosílabos nórdicos," afirmaba Novás. Había roto la tradición imperante en la novelística angloamericana. Pero a la larga mas que un innovador fue un inmenso escritor "que entregó un gran mensaje a la humanidad". En sus últimos tiempos Novás huía de los experimentos y retornaba a las maneras mas sólidas de la expresión. En sus novelas siempre había un tema dominante: el hombre débil y desconcertado de nuestro tiempo era situado frente a un riesgo y se ponía a prueba la resistencia del espíritu humano: se observaba hasta donde el hombre era capaz de resistir las brutalidades que le rodeaban. Lograr eso fue algo superior a sus experimentos con la forma. 
Faulkner fue un experimentador que recibió la corriente de Joyce, era más poético que Hemingway; fascinaba, alucinaba, envolvía; era mágico. Con los años se fue amanerando: repetía los mismos personajes y ambientes. Nunca tuvo el don de saber construir, que poseyó Hemingway. Proust y Joyce compartieron un rasgo: establecer una corriente de la conciencia, ir dando lo que fluía en su pensamiento sin cuidar al lector. Proust llegaba a un público más vasto porque usaba un lenguaje mas inteligible, en tanto que Joyce era para minorías. No había quien entendiese una página completa de Finnegan's Wake; lo leía con frecuencia pero era música. Leer a Proust y a Joyce constituían ejercicios importantes de levitación. A Salvador Bueno le refirió que, en los años que vivió en París, atravesaba con frecuencia la Place Dauphine, donde solía almorzar Joyce en el restaurante Le Vert Galant, para observar a aquél "monstruo de poesía".
La novela policíaca era una pieza de distracción, opinaba. Incluso los crímenes que se cometen no son tomados en serio por el lector: en consecuencia alivian, no oprimen. El agobiado hombre moderno demanda este escape para huir de responsabilidades y de su inestabilidad. La novela policíaca cuenta con héroes que resuelven todos los problemas, y el hombre actual, que ha perdido la fe, necesita a un superhombre, el detective, una especie de Don Quijote de nuestro tiempo que se dedica a deshacer injusticias. El género policíaco se ha convertido en la novela caballeresca de esta época. Es también la novela pura: no dispersa la imaginación; cuando está bien construida marcha directamente hacia un fin. En ninguna otra forma literaria se ha derrochado tanta técnica ni se han refinado tanto los dispositivos del arte de contar como en la novela policíaca. Crimen y Castigo y Macbeth pertenecen al género. En las colecciones de Ellery Queen se incluían narraciones de Faulkner. Leía asiduamente la revista Manhunt que traía lo mas moderno en ese tipo de literatura.
Escribía historias de ése corte porque eran populares, pero nunca puso mucho interés en hacerlas: simplemente creaba una trama y la desarrollaba. Le parecía necesario establecer el cuento policíaco en Cuba donde no existían antecedentes y había abundantes temas aprovechables, buen ambiente, atmósfera y personajes. "Daba lástima desperdiciar esos materiales". A él se debe la primera novela policíaca cubana, Un experimento en el barrio chino, publicada en Barcelona. 
Lino Novás Calvo nació en Granas del Sor, Galicia, España, en 1905, bastardo de una madre costurera. Su infancia transcurrió en misérrimas condiciones. Vino a Cuba en 1912. Recordaba que La Habana lo aturdió a su llegada, mareado por el largo viaje por mar. "No venía de ningún país, venía de un monte y de ése monte, meterme en una gran ciudad... aunque La Habana de entonces era chiquita pero en comparación con la aldea donde yo nací resultaba bastante grande."
Después tuvo la "chifladura" de ser boxeador. Comenzó a entrenarse en una azotea por la necesidad de compañía. Se sentía bastante solo y buscaba un grupo para integrarse: el hombre debe vivir colectivamente; como boxeador pertenecía a algo, aunque no tenía condiciones porque era enclenque. Frecuentó el gimnasio de Mike Castro hasta que en un combate le propinaron un "nocao" y se retiró. 
Hay quien narra solamente sus experiencias personales pero también existe la imaginación. Existen distintos tipos de imaginación: él nunca habría podido ser pintor. Estimaba indispensable, si no se han vivido las cosas, asimilarlas con la observación. Balzac escribía para ganar dinero "y cuando le preguntaban cómo había conocido su mundo, cómo lo había vivido, respondía: nunca pude vivirlo, necesité todo el tiempo para escribirlo."
Cuando hizo sus primeras letras trabajaba en una fábrica de sombreros. Decursaba 1928 y existía una mala situación económica en el país. Conoció a un compañero de trabajo: un buen hombre que pasaba por una grave penuria y sintió la urgencia de conminarlo a que despertara, decirle que estaba dormido en el mundo. Le dio por garabatear unos versos, el primer poema proletario, dijeron después, que se escribió en Cuba; lo envió a la Revista de Avance y lo publicaron con el nombre de Lino María de Calvo. Francisco Ichaso fue a buscarle (o Juan Marinello, no recordaba bien), para que continuara creando. Fue un estímulo que le animó a proseguir. Los animadores de la Revista de Avance le obtuvieron un empleo en una librería donde disponía de tiempo suficiente para dedicarse a leer intensamente.
En 1931 se fue a España porque "aquí las cosas se ponían muy mal y ya había comenzado a tirar unas cuantas piedras por la calle San Rafael", la situación económica era difícil. Vino la República Española y José Antonio Fernández de Castro, jefe de redacción del semanario Orbe, le propuso una corresponsalía donde le pagarían diez pesos semanales, con eso se podía sobrevivir en España. Después le rebajaron el salario a la mitad cuando la publicación vino a menos. Esa coyuntura le permitió salir de Cuba.
En Madrid transcurría la mayor parte del tiempo en la biblioteca del Ateneo, haciendo traducciones. Conoció a Valle Inclán, visitaba a Unamuno, no iba a tertulias. El intelectual que más fuertemente le impresionó fue José Ortega y Gasset. Fue amigo de su secretaria, Lolita Castilla y comprendió mejor su personalidad a través de ella: vio al hombre tras el escritor.
La admiración que le suscitó Ortega no tuvo paralelo en ninguna otra persona que haya conocido. Poseía una gran claridad mental y una óptima condición humana ("buena persona que era"). Se caracterizaba por su sencillez y precisión. Llegaba a su oficina y dictaba un ensayo que utilizaría después en sus clases, y lo publicaría también en la Revista de Occidente: lo verbalizaba de principio a fin y "no lo revisaba siquiera, no le quitaba una coma ni un punto: salía tal como la secretaria lo tomaba, así mismo iba para el papel."
Ortega era luminoso, me confesaba Lino: ejercía una fascinación en las personas que lo rodeaban. Sentía celos de él a causa de algunas alumnas que conocía. Le profesaban tanta admiración que bastaba que él les diera una cita, o les permitiera hacerle una pregunta, para que se transfiguraran con la emoción trasladándolas a otro mundo. El no pretendía ejercer este dominio sobre los demás porque no era pedante, su espontánea manera de ser le acarreaba autoridad sin proponérselo.
En los años treinta se aficionó a las motocicletas. "A todo el mundo le gusta la velocidad -afirmaba-, es una forma de emborracharse".Tuvo un amigo mecánico que disponía de un vehículo y, como no contaba con otras distracciones, se dedicó a correr por las carreteras. Después de un accidente dejó ese pasatiempo.
En esa década visitó Alemania en el período de auge del nazismo. Calificaba ese viaje como "una expedición al fondo del mar". Escribió una serie de reportajes titulada Sordo y mudo por Alemania. Le dejó muy hondas huellas aquella incursión por un medio tan diverso al que conocía. Los alemanes son un pueblo curioso y dinámico. Lo miraban "como un bicho raro" o lo tomaban por japonés.
En Berlín le ocurrió un incidente chaplinesco: sin saber cómo se vio metido en un desfile de camisas pardas. No podía salir por ningún lado, las juventudes hitlerianas lo rodeaban marchando; tenía que seguir adelante y ellos con el brazo tendido, saludando a la manera romana como acostumbraban. Lo dominaba el temor que algún fotógrafo pudiera captarlo y lo confundieran con los nazis, con los cuales no tenía nada que ver.
De la Guerra Civil Española conservaba un recuerdo espantoso. La injusticia que genera una guerra, el caos que prevalece, le dejaron la peor impresión. En los primeros tiempos hubo iniquidades, pagaron inocentes. El miedo transforma a los hombres: "hay personas normales que se convierten en monstruos". Las ejecuciones en frío lo horrorizaron. Los hospitales de sangre, con acumulación de heridos y sufrimientos sin paralelo, le motivaban deseos de huir de una humanidad que era capaz de crear situaciones así. El peligro del frente no es atemorizador porque uno no se percata de él hasta que ha pasado, la llegada de los mutilados sí era estremecedora.
En la década del cuarenta regresó a Cuba. Atravesó la frontera francesa junto a millares de milicianos derrotados y la ayuda de José María Chacón y Calvo le permitió el retorno. Comenzó a trabajar con Fernando Ortiz, presidente de la Institución Hispano Cubana de Cultura y fue designado subdirector de la revista Ultra.
Se preguntaba por qué su generación había dejado de escribir. Hicieron su primera demostración y todos, o casi todos, enmudecieron. Cuando vivía sólo no precisaba gran cosa pero ya había adquirido una familia y una vez más tuvo que traducir para vivir. Se tenía que dividir entre la Escuela Normal, el Instituto de Idiomas y el periodismo, no le quedaban energías para otra cosa. Pensaba que el escritor debía vivir como profesional. Si pudiera comenzar su vida de nuevo, si le dieran a escoger carrera y tuviese veinte años "y lo sabido, sabido" no seleccionaría la carrera de escritor ,"que no la tengo tampoco porque esa carrera no existe entre nosotros", sería un científico, un técnico, cualquier cosa menos el camino inestable del literato. El periodismo, en nuestro medio, era algo más consolidado. "Creo que pude haber sido un buen médico, lo cual es mas importante que ser un buen novelista. Esta es la época de la ciencia."
.No le importaba que Cuba fuese un país de pocos lectores porque el escritor tenía el mundo a su disposición; si trabajaba con calidad sería traducido y leído en todas partes: el mundo de habla española es amplio; la falta de editoriales cubanas no constituía un limitante: "yo no he editado nada en Cuba, todo lo edité en Madrid, en Barcelona y en Buenos Aires."
Creía que las editoriales internacionales estaban a la disposición de cualquiera que hiciese "cosas de interés", historias que no fuesen demasiado locales. El intelectual debe estar condicionado por una carrera, por una ocupación funcional que merezca un respeto; tener la sensación de que es apreciado por lo que construye, "porque si no, se desanima y hace otra cosa".
Recordó una anécdota de un gran artista cubano que estaba pintando en su estudio, junto a su mujer. Le habían arrebatado un cargo que necesitaba para vivir y la mujer lo increpaba: ¡tienes que meterle una "galleta" a ése! Se trataba de un alto funcionario. Y él tiró los pinceles y le dijo a Lino: "¿Qué te parece? ¡Tengo que pintar y además tengo que dar galletas! Pues no puedo hacer las dos cosas: ¡o pinto o doy galletas!" He repetido muchas veces esta historia como sintomática del verdadero y más profundo problema de la cultura cubana.
El papel lo aguanta todo -"como dicen por ahí"- y el periodismo también. Puede ser muy malo o puede ser muy bueno. En él caben el buen ensayo, el buen artículo, el buen reportaje; un buen reportaje es una obra literaria también. Cabe el cuento además. El mejor vehículo del relato breve es la revista. El periodismo podía contribuir a elevar el nivel de cultura. Era la manera más directa de comunicarse con el pueblo.
Escribía por impulso, "de la misma manera que Carlos Enríquez pintaba un cuadro: por impulso". Empleaba dos o tres días, o mas bien dos o tres noches -el único tiempo disponible-, para realizar una narración. A veces las hacía de un tirón, "en un solo momento", a mano. Cuando se lanzaba a una historia estaba terminada previamente: había realizado una elaboración inconsciente.
La novela, para él, no estaba en decadencia: nunca se habían consumido tantas novelas como entonces, era lo que más se vendía, desde las policíacas a las "rosas". El cine siempre era un relato y esa era también la base de la televisión. El pueblo sólo acepta lo que le llega por el sentimiento, por el corazón; la cosa abstracta, cerebral, no se vende.
La generación del treinta -su generación- era romántica y violenta, pese a la filosofía materialista que la animó. Los temas marinos, de contrabando, estaban muy ligados a la historia de Cuba, a los recuerdos, a las leyendas. Aún no se había agotado esa temática. El pueblo cubano tiene una tendencia escapista y esas historias proporcionan una evasión.
Reconocía la cuentística de Luis Felipe por el mérito de haber hallado un "tono cubano, un cierto dejo." Aunque ya parecía un poco convencional, estuvo "más pegado a la tierra" que los demás autores. No fue un creador porque cuando se le saca de aquí, cuando se traduce, desaparece o queda muy empequeñecido: su valor está en el tono, "en el sabor de tierra que tiene".
Labrador Ruiz poseía una gran sensibilidad formal, "más que ninguno de nosotros". Tiene un don que a veces llega a ser "joyciano" en su juego con las palabras. Labrador carece de estructura: se queda en palabras y falta la historia, parece que la desprecia, lo hace a propósito; no es que carezca de capacidad imaginativa; quizás estime que contar una historia está por debajo de un autor de nivel. A Enrique Serpa le pasaba lo opuesto de Labrador: construía mejor, pero su forma era muy deficiente, quizás por su larga profesión de periodista, su estilo era descuidado.
Desconocía lo nuevo que se estaba haciendo en literatura cubana. Pero le parecía que existía un momento de espera y de transición. Sólo estaba al tanto de lo que le enviaban a Bohemia para su lectura. No veía a ninguno de la estatura de Luis Felipe y Carlos Montenegro."Entonces existió un impulso."
Creía en Dios. Estuvo años separado de creencias y entonces intentaba un reacercamiento que no le resultaba fácil. "A Dios hay que sentirlo." Se acumularon algunas experiencias que le devolvieron a la religión. Políticamente se ubicaba como un admirador de la democracia liberal. Lo más importante para el ser humano era su libertad personal y su bienestar material. La democracia parlamentaria sola no bastaba, debía entenderse la democracia en un sentido más amplio. Creía que en España existía mayor democracia en las relaciones humanas, en el intercambio entre familias, en el espíritu de sus instituciones, que en Francia.
Habría que diferenciar a los regímenes de mano dura: el fascismo de Mussolini no era igual al justicialismo de Perón ni al nazismo de Hitler. Mussolini logró que los trenes italianos corriesen con puntualidad y Perón tuvo quizás buenas intenciones, pero los gobiernos autoritarios tienen la tendencia a degenerar en una gestión caprichosa y arbitraria, no conducen a nada; a la larga estallan y sólo dejan amargura tras de sí. 
El marxismo era para él una interpretación unilateral de la historia. El valor de los factores económicos en el devenir humano no necesitaba de Marx para ponerlos de relieve. Confesó que el comunismo "fue una engañosa ilusión y era una cruel realidad."
Hasta aquí el diálogo que sostuve con Lino Novas Calvo en l958, inédito durante treinta años.
El escritor estuvo muy cercano al primer partido comunista cubano y trabajó como periodista en el diario Hoy, órgano del Partido. Su relación con el cuentista Carlos Montenegro y su esposa Emma Pérez, así como con otros excombatientes de la Guerra Civil Española, como Rolando Masferrer, le influyó posiblemente en su decisión de alejarse del Partido y encauzarse como un furibundo renegado. También es probable que su matrimonio con Herminia del Portal, una poetisa y periodista nada amiga de las izquierdas, haya pesado en la adopción de su nueva posición política. Se hallaba, además, muy ligado a los intereses de la empresa editorial de Miguel Angel Quevedo Salvador Bueno ha referido la negativa experiencia que Lino sufrió en España. En la Casa de la Cultura de Madrid fue acusado ante un millar de intelectuales de haber publicado en 1934 artículos contra los mineros de Asturias, lo cual podía tener como consecuencia inmediata su fusilamiento. José Antonio Portuondo me ha aclarado que el fiscal fue el intelectual español Carmona Menclares y el defensor fue el poeta católico José Bergamín. Le aplazaron la sentencia y lo encarcelaron en el sótano del Palacio Spínola. Transcurrió una noche de condenado esperando, con el alba, la muerte. Al día siguiente el acusador se retractó al aparecer unos documentos que le exoneraban. Volvió a la vida.
Como dice Bueno: "La guerra dejó en su ánimo un sentimiento total de inseguridad y las ideas políticas que habían prendido y madurado en aquellos años fueron perdiendo consistencia y verdad. La pérdida de su fe política, su gran desilusión, aquella horrible prueba de tres años le han dejado un indisipable hedor a cadáver."
Todo ello explica por qué se marchó de Cuba en 1960, al año siguiente del triunfo de la Revolución. Sus últimos tiempos fueron sombríos: engordó hasta la obesidad, sufrió varias embolias, perdió el habla y se dedicó a pintar. Fue relegado a un asilo de ancianos, donde murió.
Su primera, y única, novela de envergadura El Negrero fue editada en 1933. La escribió en la biblioteca del Ateneo de Madrid, cuando frecuentaba a Ortega y Gasset y era secretario de la sección de literatura de esa institución. Ya en ella está presente el mar como elemento romántico principal de nuestro contexto; el mar, que será el centro de la narrativa de Serpa, de Montenegro, de Ibarzábal. La vida de Pedro Blanco Fernández de Trava nos devela el pivote económico sobre el que giró la economía y la cultura cubana en el siglo diecinueve: el esclavismo. Al final de la obra Lino Novás incluye una exhaustiva bibliografía, reveladora de su inmenso trabajo de investigación.
En 1942 publicó en Buenos Aires La Luna Nona. Ese año ganó el Premio Hernández Catá. En 1944 salió Cayo Canas y en 1946 el relato "En
los traspatios". Entre uno y otro aparecieron los cuentos de No sé quien soy. La década del cuarenta, cuando el autor andaba en su treintena, vió el clímax de su producción literaria.
De su experiencia como chofer de alquiler (siempre conservó el terrible recuerdo de haber arrollado a una niña negra) salió el que quizás sea el mejor cuento que se haya escrito en Cuba: "La noche de Ramón Yendía".Junto con El Acoso de Alejo Carpentier, permanecerán como los testimonios literarios mayores de la revolución antimachadista. Al clima de asedio y riesgo, a la atmósfera de acorralamiento persecutor, contribuyó su encierro en Madrid esperando su fusilamiento, según confesó después.
En la obra de Novás Calvo se advierte la asimilación del "behaviorismo" o "conductismo". Sus caracteres nos van diciendo con su comportamiento lo que subyace en ellos: jamás el narrador revelará lo que anima a estas criaturas independientes; sólo sabremos lo que sienten y piensan mediante sus acciones. También utilizó la elipsis como recurso: no hará nunca una aseveración rotunda. El desarrollo argumental, las motivaciones de los personajes, se mueven por cubiertos meandros, por sinuosos laberintos que con este difuso y enrarecido decursar alcanzan una poética de una velada belleza. Fue eficaz en la adquisición de un tono cubano: un lenguaje que sin perder precisión logra la formulación de la voz criolla. La identidad nacional penetra su expresión coloquial sin caer en la vulgaridad de lo pedestre. Su aparente desaliño encubre una dedicación de orfebre.
Su obra literaria dejó una honda huella en las letras cubanas. Fue un innovador que importó corrientes, técnicas y procedimientos. Impulsó la primera y más poderosa arribazón de obras norteamericanas con su economía de lenguaje, la sequedad de sus imágenes, su duro estilo dialectal.
Comencé a escribir bajo la múltiple influencia de Lino Novás Calvo y sus dioses tutelares: Hemingway y Faulkner. No fuí el único: los jóvenes escritores de mi generación también experimentaron su autoridad. Creo que su predominio llegó hasta los narradores de la segunda oleada de la Revolución, los que se iniciaron en la literatura finalizando la década de los años sesenta.
Ahora comienzan a reeditarse sus obras en Cuba, quizás debiera decir más apropiadamente que se están editando por primera vez, ya que todos sus libros tuvieron que ser publicados en el extranjero antes de la Revolución debido a la ausencia de una industria editorial nacional. Lino Novás Calvo pertenece por derecho propio -a pesar de sus incongruencias ideológicas y su abandono del suelo patrio-, a la cultura nacional.
Quizás su peor momento, después de su exilio, lo anticipó en un pasaje de su Yendía: "Comenzó entonces una marcha lenta y penosa. Le pareció que estas horas eran las últimas de su vida y que muy pronto -quizás antes del día- todo lo que veía con sus ojos y oía con sus oídos habría desaparecido, se habría disuelto en un vacío de eternidad. Como si nada hubiese existido jamás en el mundo; como si él mismo no hubiese nacido jamás; como si cuanto había amado, sufrido, gustado no hubiese tenido jamás realidad." Recobrar a Lino Novás es inscribir otro fragmento de nuestro patrimonio en la base insular donde pertenece. Donde jamás dejó de estar.

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