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LA VANIDAD, ESA VIEJA COMPAÑERA 

Enrique Núñez Rodríguez | La Habana

Había cobrado mi primer sueldo como autor radial. Marta Jiménez Oropesa, la Rita de Alegrías de Sobremesa, era la protagonista del programa con que me inicié en CMQ. La invité a almorzar como un estímulo a su colaboración. Claro, Marta era entonces una actriz popular. Me gustaba que me vieran con Marta. Y además ella tenía..., bueno: lo que tenía que tener, en aquellos años maravillosos en que ninguno de nosotros había escalado la cuesta de los treinta. De manera que la invitación fue por todo lo alto. Fuimos al restaurante El Templete, almorzamos espléndidamente, tragos incluidos. Cuando me dispuse a pagar la cuenta, el camarero me dio una agradable sorpresa al señalar hacia una mesa cercana:
-Es una invitación del Maestro.
Volví el rostro y me encontré con la afable sonrisa del compositor de Cecilia Valdés, Gonzalo Roig.
¡Qué inusitado honor para un novel! No pude evitar que la vanidad, esa vieja compañera de los artistas, se me subiera a la garganta, y le dije a Marta: 
-¡Qué honor para mí! ¡Ya me conoce el Maestro Roig!
Marta, que también tenía su corazoncito, me señaló lo que a su juicio era un error mío:
-Bueno, el Maestro es amigo de mi padre, el periodista Lillo Jiménez, y me conoce desde niña. La invitación debe ser por mí.
Cuando nos retirábamos quise acercarme a la mesa de Roig para agradecerle su gesto y, de paso, comprobar que me había invitado a mí, y no a Marta. Llegamos junto a su mesa y le dije:
-Maestro, nunca podré olvidar la atención que usted ha tenido conmigo.
Me contestó con sencillez: 
-No tiene que agradecerme nada. Yo lo escucho todas las noches. 
Miré a Marta con orgullo. El Maestro continuó:
-Disfruto mucho con sus narraciones de la pelota. Es usted un magnífico comentarista deportivo.
Fue entonces Marta la que me miró a mí. Nunca he sabido si con alegría o con pena. El Maestro me había confundido con un narrador deportivo muy popular, Felo Ramírez.
Marta le dedicó su mejor sonrisa a Roig. El maestro le dijo: 
-A usted la admiro muchísimo. 
Marta creció sobre sus tacones. El Maestro agregó: 
-Disfruté mucho en el Auditórium con su interpretación del Lago de los cisnes.
Marta descendió automáticamente del pedestal de sus tacones. El Maestro la había confundido con la bailarina Margarita Parlá.
Ambos nos despedimos lo más rápidamente posible. Silenciosos. Desinflados.
Comenté el incidente, días después, con mi amigo Francisco Pita Rodríguez, Pacopé, que publicaba en Prensa Libre su columna "Hit radial". Esa misma noche apareció en el periódico la historia de la confusión. 
La pena que me dio con Roig me duró varios meses. Si lo veía entrar por una puerta en CMQ, me iba por la otra. Si avanzaba por un pasillo, me escondía en un estudio. No quería darle la cara, podría estar molesto con mi indiscreción.
Un día venía bajando las escaleras del vestíbulo de Radiocentro, cuando vi a la Maestro subiendo en la dirección contraria. Fui a dar marcha atrás, pero ya era tarde, Roig me atajó con energía y autoridad:
-Espérese ahí. Hace tiempo que quería hablar con usted.
Me paralicé. El Maestro se acercó muy serio. Parecía molesto. Me dijo, entonces:
-Vaya a buscar a Marta, que hoy están invitados a almorzar, y ahora sí que almorzaré con ustedes.

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