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Y JAMAS LO SABRAS

Enrique Núñez Rodríguez | La Habana

José Ángel Buesa llenó toda una época en la poesía cubana. El y Carilda Oliver fueron los más leídos y recitados en la década de los cuarenta. Buesa se dis­tinguió, además, como autor radial. Rafles, el ladrón de las manos de seda constituyó uno de los éxitos radiales antes del advenimiento de la televisión. Buesa inau­guró en la radio un espacio en el que se ofrecían las películas más taquilleras estrenadas en los cines. Acu­día a las salas cinematográficas, acompañado de un taquígrafo y armado de una linterna. Mientras Buesa le iluminaba su libreta, el taquígrafo iba tomando el diálogo del filme, para que Buesa, después, escribiera el guión radial de la película. Su taquígrafo, a quien conocí años después, me contó cómo realizaban este trabajo. Si ya admiraba a Buesa como poeta y recitaba sus versos en tardes lluviosas, empecé a admirarlo por su espíritu de trabajo, y por haber sido un innovador a su paso por la radio cubana. Por eso asistí, no sin preocupación, al intento de desacreditarlo, de algunos poetas inferiores a él, acusándolo de comercializar su estro. No creo que Buesa tuviera la culpa de que sus libros se vendieran mucho más que los de aquellos que lo acusaban de comerciante. Siempre pensé que había un poco de envidia en aquellas. acusaciones. Seguí acu­diendo a sus poemas cada vez que un nuevo amor me demandaba versos que yo no podía escribir: “Este domingo triste pienso en ti dulcemente / y la vieja men­tira de olvido ya no miente”. Me hice su amigo cuando empecé a escribir para CMQ. Me enseñó, a tomar vino de Oporto, entre otras cosas, y a compartir, mucho antes de que Pablito lo consagrara en su canción, algún amor clandestino, más allá del machismo generador de celos absurdos. Buesa, profesor de muchos amantes inexpertos, fue el poeta de la inseguridad amorosa: “quizás pases con otro”, “pasarás por mi vida sin saber que pasaste”, “pero te digo adiós, para toda la vida/ aunque toda la vida siga pensando en ti”, “yo te amare en silencio, como algo inaccesible / como un sueño que nunca lograré realizar / y el lejano perfume de mi amor imposible/ rozará tus cabellos y jamás lo sa­brás”. Inseguro, hasta para llorar por amor, Buesa ter­mina el poema que puede considerarse su “niagarita”, con sus versos más recitados: “y si un día una lágrima denuncia mi tormento/ el tormento infinito que te quiero ocultar / te diré sonriente, no es nada, ha sido el viento / me enjugaré la lágrima, y jamás lo sabrás”.

Buesa se fue de Cuba en los primeros días del triunfo revolucionario. Muchos de sus admiradores lamenta­mos su decisión. No fue hasta hace poco, sin embargo, que un testigo presencial nos contó la entrevista que un destacado periodista dominicano le hizo en el aero­puerto de Santo Domingo. El periodista le preguntó qué pensaba él de Fidel Castro. El recién llegado, Buesa, le respondió con otra pregunta:

—Hace una semana pasó por este mismo aeropuer­to el recién destituido dictador de Cuba, Fulgencio Batista. ¿Por casualidad ustedes le preguntaron sobre poesía ?  

A la respuesta negativa del periodista, Buesa concluyó:

—Entonces, ¿por qué coño me preguntan a mí de política?

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